jueves, 11 de enero de 2018

Primeras páginas








Queridos amigos, y visitantes de La tertulia perezosa. A veces, por curiosidad, entro en la sala de máquinas del blog para consultar el número de visitantes que recibe, los países donde se lee y, ya de paso, los ingresos por los anuncios, que tuve la debilidad de incluir. Este último apartado resulta decepcionante, como era de esperar; no me importa porque los otros dos anteriores consiguen que mi autoestima se mantenga dentro de los márgenes exigidos por cualquier ególatra comedido. 
En este sentido, debo confesar que el número de visitantes diarios me sorprende y me halaga, pues son más de los que mis artiblogs merecen, o quizá no, eso es lo de menos, el caso es que  yo me he dicho: caramba, ¿por qué no poner en La tertulia perezosa las primeras páginas de mi última novela? De esta forma conseguiré que, por lo menos, el principio lo lean cientos de personas. 

Me hace ilusión que eso ocurra, así que aquí va:




(En un principio había puesto el texto según las galeradas pero un lector anónimo me ha advertido de que no se veía nada y finalmente he subido las mismas páginas pero en archivo word. Gracias anónimo)


Las paletadas de tierra húmeda caían sobre la caja con un sonido grave y pesado que hacía estremecer a todos los presentes salvo a los enterradores que impasibles cumplían con su tarea ajenos al dolor que los rodeaba. Uno de ellos, moreno y feo, con los ojos hundidos y la barba que parecía crecer por minutos, según llenaba su pala con un ruido áspero miraba de reojo a  los asistentes sin mostrar ninguna conmiseración. Más bien daba la impresión de que disfrutaba con su trabajo, lo cual siendo sepulturero puede significar muchas cosas.
Todos los que allí estaban reunidos parecían esculpidos en piedra, en la misma postura sin apenas moverse, la mayoría con gafas oscuras, la mayoría pensando en sus cosas y solo algunos con un nudo en la garganta y el corazón roto por la pérdida.
Mujeres y hombres, no había niños, se congregaban alrededor de la fosa en círculos concéntricos con los más allegados al muerto en la primera fila. Allí, un hombre apuesto, con una leve cicatriz en la mejilla que lo hacía aún más atractivo, reflexionaba sobre la vida y la muerte, convencido de que pronto volvería al cementerio pero en esa ocasión dentro de la caja. El sepulturero moreno y feo con barba de tres días que parecía crecer por minutos, lo miró con una leve sonrisa difícil de interpretar en esas circunstancias.



Armando Crespo contemplaba la escena hipnotizado por el movimiento. La rueda chirriaba con un sonido oxidado y en su interior un ratón giraba a gran velocidad sin poder detenerse horrorizado por su incapacidad para salir de aquel vertiginoso tiovivo. Parecía que el roedor estuviera pidiendo socorro emitiendo agudos chillidos incesantemente. Armando se acercó para ayudar al pobre animal pero lo que vio lo dejó paralizado: el ratón tenía su cara, sus mismos rasgos, la misma nariz y hasta pudo distinguir una ligera, casi imperceptible, cicatriz en el rostro. Un grito lo despertó, su propio grito. Estaba empapado en sudor, lo que le hizo sospechar que no se trataba de un sueño sino que efectivamente él era el ratón, exhausto por la carrera.
Llevaba varias noches sin pegar ojo, desvelado por un temor que lo obsesionaba sin darle tregua. Miró su despertador temiendo que fuera demasiado tarde, o mejor dicho demasiado temprano y cualquier intento por volver a dormir fuera ya inútil. Irritado, confirmó sus sospechas, dudó un momento, volvió a mirar el despertador y finalmente decidió que por un día que fuera antes, mucho antes a su trabajo, no iba a pasar nada. Nieves, su mujer, indiferente a todo lo que le pasaba, seguía durmiendo despreocupadamente. Era muy guapa y dormida, observó Armando, resultaba más atractiva aún, quizá porque desaparecía de su rostro una mueca que últimamente asomaba cada vez con mayor frecuencia, un gesto de preocupación y amargura. Había algo que le impedía ser feliz y su marido suponía cuál podía ser la causa. No decir, callar, ocultar es un error que se convierte en duda y en tristeza. Lo que no hablamos se acumula en el cuerpo y forma nudos en la garganta y alarga las noches, de eso sabía mucho Armando, lo que no sabía era que su mujer no solo era infeliz por una razón. Había otras que ni siquiera sospechaba.
Se levantó cansado, se duchó malhumorado, desayunó sin apetito  y condujo lentamente su Porsche Cayenne de color granate metalizado para ir al trabajo.
Por el camino, en una calle solitaria,  le pareció ver un atraco y le importó una mierda lo que le pudiera pasar a la víctima.



Tenía el rostro afilado, tez morena, los ojos pequeños y hundidos que le daban aspecto de calavera y una barba negra de tres días, intensamente negra, que le crecía por minutos. Era feo. También era huesudo, y sus brazos extremadamente delgados terminaban en unas manos de dedos puntiagudos. Parecía que toda su fisonomía estuviera pensada para desempeñar mejor su trabajo de enterrador. Se quedó sin empleo el día en que se presentó en el cementerio vestido de torero. La noche anterior había estado en una fiesta de disfraces con tan mala fortuna que al volver a su casa, ya muy de madrugada, lo atracaron en un semáforo. A punta de pistola le indicaron que se sentara en el asiento del copiloto, e inmediatamente después subieron dos sujetos a su viejo Corsa, poniéndose uno de ellos, el de la pistola, al volante y el otro en el asiento de atrás. Apestaban a crueldad, o eso le pareció a él que presumía de tener un sentido del olfato capaz de detectar también cualidades del alma que nadie podía oler, si acaso los perros.
El frío tacto del estilete que el sujeto que iba detrás le había puesto debajo de la nuez le confirmó que su apreciación no iba mal encaminada. Los atracadores gritaban, no solo a él, también entre ellos, lo que era prueba de su grado de excitación, probablemente también de los efectos de alguna droga nada relajante.
A pesar de que la situación era de lo más propicia para sentirse en peligro, le llamó la atención no estar en absoluto asustado, ni el más ligero temor, nada de miedo. Es curioso, pensó. Luego trató de seguir las órdenes que le daban, tanto desde atrás, el de la navaja, como el que conducía que era quién más gritaba.
     -¡Danos la cartera! ¡Y con mucho cuidadito!
    -¡Vamos a tu casa y allí nos das  todo lo que tengas!
    -¡Déjate de ir a su casa, capullo! ¡Puede vivir con alguien y eso lo complicaría todo! ¡Mejor la cartera!
    -¿Mi cartera? –preguntó el sepulturero- Voy sin cartera, ¿dónde creéis que puede llevar una cartera alguien vestido así? –señaló con ambas manos su traje de luces, oro y grana.
    -¿Eres torero? –preguntó de muy mala gana el de atrás.
    -No seas imbécil, ¿cómo va a ser torero? –dijo el que conducía- ¿qué te crees, que hay corridas a las seis de la madrugada? Este tío viene de una fiesta, joder si apesta a alcohol y tabaco.
    -Una fiesta solo para toreros  -dijo con fingido orgullo el enterrador.
    -No te hagas el gracioso con nosotros, torerito, que aquí quien tiene el rejón es el que tienes detrás –dijo el que conducía señalando a su compinche sin mirarlo.
    -Pues ese tendrá lo que quiera, pero yo no tengo cartera, y efectivamente lo de ir a mi casa sería meteros en problemas, pues no vivo solo.
    -¿Con quien vives? –preguntó el de atrás.
    -Con un oso Kodiak.
Un frenazo repentino hizo que todos salieran despedidos violentamente hacia delante salvo el conductor que estaba prevenido.
    -¡Fuera, bájate del coche! –gritó al enterrador-. Bájate ahora mismo antes de que cambie de opinión y le diga al Hierros que te rebane el pescuezo.
El Hierros estaba deseando que le dieran esa orden pues hundió ligeramente el estilete en la carne de su víctima hasta hacer que brotara un pequeño hilo de sangre. Sin mostrar ninguna preocupación el enterrador vestido de torero apartó con suavidad la mano que sujetaba el arma.
    -Ya has oído, Hierros, déjame bajar, que tu colega parece muy nervioso.
    -¡FUERA!
La siguiente escena fue bastante desconcertante para cualquiera que la presenciara. De un Corsa destartalado baja alguien vestido con un traje de luces, el coche se aleja a toda velocidad y mientras se pierde en una nube de polvo, la víctima del atraco lo contempla con los brazos en jarra. Se agacha, coge una piedra y la lanza hacia el horizonte a sabiendas de la inutilidad del gesto. Sabe que está lejos de su casa, sabe que aunque la tuviera enfrente no podría entrar porque las llaves se han ido en la guantera del Corsa, y sabe que tiene que estar en el cementerio de la Almudena antes de media hora o perderá su trabajo, de modo que ante tanta calamidad solo puede hacer una cosa: dar media vuelta con orgullo haciendo un desplante a un toro imaginario y caminar con la cabeza bien alta, mirando al tendido, como si acabara de dar un par de soberbios capotazos a su destino.
Al fondo, un coche granate metalizado, un Porsche Cayenne, pasó silenciosa y lentamente.




La sala de espera de repente se quedó vacía. Solo estaban Armando Crespo y su miedo, un miedo opresivo que lo acompañaba desde hacía cierto tiempo. Claudia, la enfermera, entró para decirle con una amplia sonrisa enmarcada por unos labios gordos como filetes que ya podía pasar. Era increíblemente atractiva y Armando la conocía desde hacía mucho tiempo, pero tanto era el miedo que llevaba dentro, que  ni siquiera fue capaz de saludarla. Al pasar por delante de ella pudo respirar el aroma que desprendía su cuerpo y fue consciente de que quería seguir respirando y que lucharía con todas sus fuerzas para conseguirlo.
Afuera, la tarde era soleada, olía a primavera y las golondrinas buscaban sus antiguos nidos haciendo gala de una memoria prodigiosa.




El torero que no era torero sino enterrador, y que dejó de serlo en cuanto su jefe lo vio vestido de luces, se llamaba Usnavy Rodrigues, y su vida cambió radicalmente desde el mismo día en que le atracaron dos ladronzuelos sin porvenir.
Usnavy se llamaba así porque ese era el nombre que le había puesto su madre, y en el registro civil de Puerto Rico, donde había nacido, no ponían demasiados impedimentos a la hora de elegir el nombre de sus futuros ciudadanos. Nada más nacer, a los pocos meses, su madre vino a Madrid a visitar a sus padres que eran españoles y se trajo a su pequeño con ella.  A la semana siguiente su madre volvió a Puerto Rico y desapareció para siempre de la misma forma que antes también había desaparecido su padre. Los abuelos no tuvieron más remedio que quedarse con el regalo aunque a ninguno de los dos les hizo la más mínima gracia y siempre que podían se lo hacían notar al pobre niño que creció lentamente demostrando que la falta de cariño puede afectar a los huesos tanto como la falta de calcio. En una ocasión preguntó a su abuela por qué se llamaba Usnavy, si eso no era nombre de ningún santo, a lo que la mujer respondió que la imbécil de su madre le había puesto ese nombre porque su padre más probable, era cabo de la marina de los Estados Unidos. El niño siguió sin entenderlo hasta que en una película americana de guerra vio escrito su nombre, US NAVY , en letras de molde,  por todos los costados de los barcos.
Treinta años más tarde, Usnavy se encontraba en mitad de un cementerio sin dinero, sin las llaves de su casa, sin su coche y vestido de torero, razón por la que también estaba sin trabajo. De repente, toda la rabia que había acumulado silenciosamente a lo largo de su vida se apoderó de él. Sintió cómo le invadía el ansia de venganza por cada afrenta sufrida desde que siendo un bebé fue despreciado por su madre, que jamás  puso una de sus preciosas tetas a su disposición. Un veneno doloroso y dulce a la vez fluía por sus venas recorriendo cada órgano de su cuerpo emponzoñándolo para siempre de infinita maldad. Lanzó el puño hacia el cielo y se prometió a si mismo que a partir de ese momento, él iba a ser el malo de la película.



Claudia llevaba casi diez años trabajando como enfermera en la clínica del doctor Jorge Viñales. Empezó en los días en que todavía estaba al frente el padre de Jorge,  cuando la clínica aún era una empresa que daba buenos beneficios. Entonces, además del doctor Viñales padre y Viñales hijo, trabajaban otros tres médicos más y también atendían pruebas diagnósticas con aparatos de rayos x y ecografías. Eran otros tiempos y cuando Claudia entró a trabajar allí, empezó con un sueldo estupendo para lo que se estilaba en su categoría. En realidad, hacía más de recepcionista y secretaria que de enfermera propiamente dicha, pues su labor no era otra que atender el fichero con las citas, recibir y despedir a los pacientes y estar pendiente de todos los papeleos y gestión de recibos, facturas y demás tareas administrativas.
Su mejor amiga era Eva, con la que se reunía todos los viernes de fin de mes desde tiempos inmemoriales para cenar juntas y hablar de sus cosas. Raramente, por no decir jamás, admitían la presencia de otra persona. Era un compromiso entre las dos que mantenían por encima de todo, también por encima de sus parejas cuando las tenían, aunque alguna no llegó a entenderlo completamente. En ese caso, a ellas les daba exactamente igual y seguían con su costumbre de los viernes de fin de mes. Una vida privada no implica ningún tipo de infidelidad, de la misma forma que tener un cajón privado para guardar las cosas más intimas no significa que sea el escondite de las drogas.
Ambas mujeres tenían la misma edad, sobre los cuarenta, y las dos eran muy atractivas, por lo que eran el foco de ansiosas miradas por parte de los típicos merodeadores de fin de semana. 
Claudia era morena de ojos negros y profundos, y Eva, rubia con los ojos verdes y luminosos. Los dos extremos del espectro de la belleza canónica.
La última vez que cenaron juntas, Claudia le comentó a Eva algo que ella ya 











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domingo, 31 de diciembre de 2017

Otro año que nos cae








Este año nos toca un año gordo. Los números que acaban en ocho son gordos, aunque el resto de los dígitos, si es que tiene varios, sean unos. Pero además de gordo, el ocho es grande y su grandeza se ve en cada detalle.

Para empezar el ocho es simétrico doblemente, tanto respecto a su eje horizontal como vertical, y salvo el cero, que no pinta nada, ningún otro número puede decir lo mismo.

En el ocho todo es sensualidad, es una curva infinita. Ninguna línea recta altera su figura formada por dos eses entrelazadas, como las dos serpientes del caduceo, símbolo de la medicina que todo lo sana.





El Sol cuando se pone en el horizonte y su esfera se refleja en el mar, forma un ocho.

El ocho es invencible y si alguien consigue tumbarlo, su valor aumenta hasta el infinito.

El ocho dibuja, sin darse cuenta, todo un símbolo de igualdad, donde la parte superior es idéntica a la que tiene debajo. El equilibrio es perfecto y los dos lados opuestos tienen el mismo valor y ninguno podría existir sin el otro. Tenemos muchas cosas que aprender del ocho.

Si todos los días del año, tomáramos una foto del sol a la misma hora, al repetirse el ciclo veríamos que el sol ha descrito un ocho. Este dibujo estelar se llama analema, y en nuestro planeta el analema es un ocho.

Por todos estos motivos y por otros muchos más, como por ejemplo, porque supone la mayoría de edad del siglo XXI, me gusta 2018. Algo me dice que va a ser un año estupendo para todos.



¡FELIZ 2018!









viernes, 22 de diciembre de 2017

Mágica Navidad








Lo siento, pero este año no voy a escribir ningún cuento de Navidad. La razón es bien sencilla: de repente me he dado cuenta de que no me gusta escribir cuentos de navidad. Y eso que llevo haciéndolo desde hace 18 años. Solo disfruté escribiendo los dos primeros; a partir del tercero se convirtió en una obligación y dejó de hacerme gracia. Lo de siempre. Pues eso, que lo siento muchísimo, que no hay cuento. Sin embargo...

... sin embargo las navidades son mágicas y de la misma forma que pueden transformar un corazón de piedra en una serpiente de mazapán, el zumo de un limón en jarabe de arce y un puño cerrado en mano abierta, sus hechizos también pueden convertir cualquier cosa en un dulce cuento de navidad.

No me gusta escribir cuentos de navidad, repito, es más, los odio con todas mis ganas, pero sí me gusta escribir cuentos de terror donde moscardones de vientre metalizado zumban alrededor de cadáveres apilados al borde de las tapias de los cementerios, esperando su turno para pudrirse o para ser desenterrados por los chacales hambrientos.
Entonces, eso es lo que voy a hacer, escribiré un espantoso cuento, solo apto para sádicos descerebrados, asesinos y psicópatas, y que la magia de la navidad se encargue de transformarlo en un bonito cuento navideño. Y si no ocurre así, solo significará una cosa: que la Navidad y su puñetero espíritu, son puras patrañas.

Avisado queda el lector. A ver qué pasa.





La noche cayó repentinamente como un cubo de alquitrán llenando de oscuridad toda la aldea. Apenas eran las seis de la tarde y los que aún no se había metido en sus casas, no acertaban a encontrarlas perdidos en una tenebrosidad jamás imaginada. Vagaban con los brazos extendidos por delante, como fantasmas sonámbulos, temerosos de tropezar con algo indeseable. Un viento frío silbaba entre las calles, amenazador y cortante. De repente se oían unos pasos rápidos, asustados, a continuación el sordo impacto de un cuerpo contra algo sólido y luego nada más que débiles lamentos que se esfumaban con el viento. Los cuerpos se convertían en niebla y la niebla en nada. Nada.

Marbol Scar, hacía lo que hacía cada tarde de invierno, estudiar grimorios, atizar el fuego de la chimenea, trazar extraños signos en enormes pergaminos y volverse loco tratando de encontrar sentido a los que ya habían dibujado otros magos del lado oscuro antes que él. Estaba en el buen camino, o en el malo, según se mire, de conseguir que el mundo fuera definitivamente desdichado y que nadie volviera a conocer ningún momento de tranquilidad. Llevaba algo más de dos mil años intentando que el infierno que él había creado se mantuviera siempre vigoroso, pero al final, llegaba un momento en que todo el terror y dolor se diluía y la felicidad volvía a cada rincón de la tierra. ¿Qué es lo que fallaba en su fórmula? ¿Por qué la humanidad no era indefinidamente desgraciada? ¿En qué se estaba equivocando? ¿Por qué indefectiblemente, una vez al año, la gente era feliz? De repente, llegaba un momento cada doce meses en que el mal desaparecía, las calles se iluminaban y la luz se enseñoreaba de la faz de la tierra. Todo el mundo sentía ilusión, cantaban, bailaban, se reunían con familiares y amigos, celebraban... daba igual lo que celebraran, el caso es que sin venir a cuento todos se olvidaban de antiguos rencores, las guerras se detenían, el odio dejaba paso al amor, las abuelas hacían acopio de pañuelos con sus iniciales que todo el mundo les regalaba y el mazapán se vendía a espuertas.

Marbol Scar se levantó de su sillón y empezó a dar vueltas por la habitación cabizbajo buscando una respuesta. Desde un rincón, Scrum, su enorme gato cazador de serpientes, lo miraba con desaprobación. Un ratón diminuto, el ratón ojos rojos, chillaba desesperado tratando de evitar ser despedazado por la lechuza que se fijaba en todo, aunque en esos momentos solo miraba a su presa. Un murciélago eviscerado atraía a moscas, cucarachas y hormigas hambrientas que se disputaban con violencia el festín. La calavera de un carnero miraba con sus ojos huecos el espectáculo como testigo de lo que a ella misma le había pasado, y un hurón dormitaba inconsciente sobre la leña. En la marmita, enormes burbujas verdosas reventaban incansablemente liberando un fétido vapor que fluía por toda la habitación con su olor hediondo, y hacía de respirar una tarea fatigosa y extremadamente molesta.
La verdad, es que más que miedo, todo daba mucho asco.

De repente, como si se hubiera congelado el universo, Marbol Scar se detuvo y con él todas las demás criaturas también cesaron su actividad. El hurón que dormitaba sobre la leña, por el contrario, se despertó súbitamente mirando con pasmo todo lo que le rodeaba. Cientos de chinches saltaron despavoridos de la cabeza del nigromante mientras se rascaba debajo de su mugriento sombrero. Una idea acababa de entrar en su podrido cerebro,  una posible explicación a lo que no entendía. Se dio cuenta de que cada año el momento en que todo el mundo dejaba de sufrir y se convertía en una masa de seres felices, siempre caía en las mismas fechas, justo al rededor del 24 de diciembre. Qué curioso, ¿no? Se preguntaba, aunque lo realmente curioso era por qué había tardado dos mil años en darse cuenta de algo tan evidente, pero esa es otra cuestión.

Era extraño, precisamente en navidades, pensaba, muy extraño... ¿Por qué? ¿Por qué la gente es más feliz precisamente cuando las circunstancias son las más desfavorables de todo el año? Todo es mucho más caro, a cualquier sitio que vayas hay unas colas interminables, los atascos son monumentales, y la ciudad se convierte un auténtico caos. Eso sin contar con otros inconvenientes igual de molestos como la obligación de asistir a cenas, comidas, chocolatadas, brindis..., el bombardeo constante en todas las emisoras de radio y televisión con melifluos mensajes de amor sobre un insoportable fondo de campanillas y niños cantando espantosas cancioncillas..., ruido, más ruido, petardos, borrachos, locos al volante... unos días horribles se mire como se mire y sin embargo, todos encantados. ¿Qué pasa en el mundo? ¿Por qué en esas condiciones tan poco propicias para encontrar la felicidad, es cuando más felices se sienten todos?

Tres golpes profundos, secos, restallaron en la puerta con autoridad. Inmediatamente fue a abrirla, sabía quién estaba al otro lado, lo sabía desde la última vez que vino. Todos los años recibía la misma visita, la criatura más siniestra que cabe imaginar. Perfectamente podía ser el ser más depravado y terrorífico de la creación, si no fuera porque ese título se lo otorgaba a sí mismo. Lentamente hizo girar la cerradura de la puerta, los goznes chirriaron y por la apertura, apenas un resquicio, penetró un aire frío y húmedo que precedía a su visitante. Su esbelta figura se recortó en la oscuridad de la noche. Dos puntos incandescentes brillaban donde debían estar los ojos. Marbol Scar se hizo a un lado con una leve inclinación de cabeza para dejar pasar a su invitado. Su aspecto era impresionante, rebosaba maldad y hasta se podía oler  su enorme poder. Con pasos lentos y decididos que resonaban sobre el suelo de madera como si caminara un gigante, se dirigió hacia el centro de la estancia. Se dio la vuelta y lanzó su mirada encendida a Marbol mientras le tendía su enorme capa negra y su sombrero que apenas ocultaba unos cuernos retorcidos y pesados. Todos los años se repetía la misma ceremonia. Luego, la aparición se dirigía a la chimenea, frotaba sus manos frente al fuego que sonaban como pedernales y sin más se sentaba en una enorme butaca tras sacudir de ella a una vieja cabra que se entretenía en comerse la tapicería con parsimonia.
Afuera el viento ululaba, la cellisca congelaba hasta las miradas y las sombras invadían la tarde. No se escucha nada que no fuera el viento hasta que repentinamente las seis de la tarde campanearon desde la plaza del pueblo avisando de que aún era muy temprano para tanta oscuridad. Sonó de tal manera que incluso Marbol sintió un ligero estremecimiento. Todos los años lo mismo.



En la marmita las enormes burbujas seguían explotando; el personaje se había acercado hasta ella y con una mano atraía hacia a sí el vapor liberado.
    -Delicioso –dijo con su sonrisa desdentada.
    -¡Sí, delicioso! –repitió el gato cazador de serpientes.
El hurón, completamente despierto ya, elevó la cabeza tratando de captar con sus bigotes ese olor para poder tener su propia opinión. Pasados unos segundos aprobó el aroma con un suave movimiento de cabeza. De un salto llegó hasta la marmita y se asomó a su interior. ¿Y las burbujas verdes?
La lechuza cruzó la habitación y llegó hasta el rincón donde un aparato negro con una extraña forma pareció recibirlo. El murciélago eviscerado se incorporó tratando de no perderse detalle.
Marbol Scar empezó a sentir molestias. La piel le ardía, el interior de las venas también y la sangre empezaba a hervirle en su interior. Fue corriendo a asomarse a la ventana. La abrió con energía, necesitaba el aire fresco, precisaba sentir la humedad de su tacto. Unas figuras apenas perceptibles se movían afuera como si tuvieran prisa; a sus oídos llegaba el sonido de sus pisadas cada vez con mayor claridad. Giró de nuevo hacia el interior de la estancia. El personaje charlaba animadamente con la cabra que volvía a estar sentada en el sillón. Ya no devoraba la tapicería pero seguía mordisqueando algo. Lo sujetaba con una de sus manos. ¡Una cabra que come con sus manos!
En el centro de la habitación había una mesa y sobre la mesa estaba la marmita. El fuego había desaparecido y la calavera del carnero ahora era mucho más grande, más estilizada, más alta... era como un árbol y sus ojos hundidos se había convertido en dos enormes bolas, una verde la otra roja. Alrededor otras muchas de distintos colores.
El murciélago se acercó y puso un paquete envuelto en brillante papel rojo al pie de la calavera transformada, luego se dio media vuelta rozando con sus alas las ramas del extraño árbol. El gato pareció reprenderlo y le avisó de que tuviera cuidado.
El personaje siniestro dejó de hablar con la cabra y cogió de la mesa una cerveza que empezó a beber con verdadero deleite.
    -¿Alguien quiere un poco de jamón? Está delicioso –dijo extendiendo una fuente hacia todos los presentes.
Afuera el viento ya no se oía y su eco había dejado paso a un creciente bullicio de personas andando de un lado para otro. Misteriosamente la oscuridad había desaparecido.
El hurón ahora charlaba animadamente con la lechuza que seguía al lado del aparato negro que en ese momento empezó a emitir un sonido extraño, algo que sonaba como una vieja canción en bocas infantiles.
    -¡No pongas otra vez (INTELIGIBLE)! –protestó el hurón.
La cabra desde el sillón escuchó la conversación y protestó a gritos.
    -¡Sí, claro que sí, Luisito!, pon otra vez Noche de Paz, tu tío es un soso.

Noche de Paz, noche de amor,
Todo duerme en derredor;
Sobre el santo Niño Jesús
Una estrella esparce su luz,
Brilla sobre el Rey
Brilla sobre el Rey.


Alguien descorchó una botella de champán y al taponazo siguió el bullicio de risas espontáneas, felicitaciones y el roce de abrazos sinceros.
Marbol había dejado de existir. Poco a poco su conciencia había ido  desapareciendo, de la misma forma que desapareció la oscuridad hasta convertirse todo en luz. Al mismo tiempo, el olor dulce de un pastel recién horneado llegaba de alguna parte y se mezclaba con el aroma a pino, mazapán y el perfume de la tía Julia que sujetaba en brazos a la pequeña Inés. De aquella antigua estancia no quedaba nada, y su lugar en el universo era ocupado por un puñado de personas que reían, cantaban y se deseaban felicidad unos a otros, con estimable éxito. Todo el mundo allí era dichoso. 
Una vez más, la FELICIDAD, así con mayúsculas, había triunfado sobre todas las demás cosas y era la gran protagonista.

En un rincón de la habitación, un ratón malherido, el ratón ojos rojos, se lamía sus heridas tristemente. Era el único que sabía que pronto la lechuza volvería a atacarlo.
       










domingo, 17 de diciembre de 2017

Buscando a Chencho






Los seres humanos, igual que las aves migratorias o el mismo trigo, nos movemos por ciclos. Ahora toca estar contento, ahora ir a la playa, luego apuntarse a un gimnasio... siempre toca hacer algo. En Navidad toca de todo un poco (salvo lo que tiene que tocar, la lotería): hay que sentirse feliz, hay que comprar, hay que comer, hay que emborracharse, hay que salir, hay que reunirse... es lo que se espera. Todo el mundo espera algo de todo el mundo.

Tengo que reconocer que mi entusiasmo por las navidades dista mucho del que debería tener y que yo observo que sí tienen el resto de las personas. Ni los comerciantes, ni los restaurantes, ni los amigos, ni la familia..., nadie obtiene de mí lo que se espera, de modo que casi se puede decir que soy impermeable a estas fechas. Y digo casi, porque hay algo con lo que sí cumplo puntualmente cada vez. Parece una tontería, pero es mi tontería: me gusta ir a la Plaza Mayor. Sé que siempre es la misma, nada cambia en ella, ni sus visitantes ni sus tenderetes que año tras año venden las mismas figuritas, las mismas pelucas, los mismos gorros, reyes magos, castillos de Herodes, trozos enormes de corcho para convertirlos en escarpadas montañas, puentes, pellas de musgo (este año supongo que será imposible encontrarlo), pastorcitos, gallinas..., y lo mejor de todo: los cerdos.


Sí, a pesar de que siempre es la misma Plaza Mayor, no puedo evitar repetir visitarla año tras año. Supongo que vuelvo porque en algún momento, sin haberme dado del todo cuenta, perdí algo allí que echo mucho de menos.

Me siento como el abuelo de La familia y uno más, buscando desesperadamente a Chencho. ¿Llegaré a encontrarlo algún día?







sábado, 9 de diciembre de 2017

El placer de hojear





Todos, antes de comprar un libro, lo abrimos, lo hojeamos, y al buen tuntún, escogemos un párrafo y lo leemos.

Obedeciendo a este impulso, pongo a continuación un par de hojas de Muerto dos veces, mi última novela. Pertenecen al inicio para no destripar nada de lo que allí ocurre.

Espero que os guste y si os gusta mucho, la presentación será el miércoles a las 19:45 en el restaurante Río Tormes, en la calle Zurbano, 84.

Hala, pues aquí va:

(...)
Tenía el rostro afilado, tez morena, los ojos pequeños y hundidos que le daban aspecto de calavera y una barba negra de tres días, intensamente negra, que le crecía por minutos. Era feo. También era huesudo, y sus brazos extremadamente delgados terminaban en unas manos de dedos puntiagudos. Parecía que toda su fisonomía estuviera pensada para desempeñar mejor su trabajo de enterrador. Se quedó sin empleo el día en que se presentó en el cementerio vestido de torero. La noche anterior había estado en una fiesta de disfraces con tan mala fortuna que al volver a su casa, ya muy de madrugada, lo atracaron en un semáforo. A punta de pistola le indicaron que se sentara en el asiento del copiloto, e inmediatamente después subieron dos sujetos a su viejo Corsa, poniéndose uno de ellos, el de la pistola, al volante y el otro en el asiento de atrás. Apestaban a crueldad, o eso le pareció a él que presumía de tener un sentido del olfato capaz de detectar también cualidades del alma que nadie podía oler, si acaso los perros.
El frío tacto del estilete que el sujeto que iba detrás le había puesto debajo de la nuez le confirmó que su apreciación no iba mal encaminada. Los atracadores gritaban, no solo a él, también entre ellos, lo que era prueba de su grado de excitación, probablemente también de los efectos de alguna droga nada relajante.
A pesar de que la situación era de lo más propicia para sentirse en peligro, le llamó la atención no estar en absoluto asustado, ni el más ligero temor, nada de miedo. Es curioso, pensó. Luego trató de seguir las órdenes que le daban, tanto desde atrás, el de la navaja, como el que conducía que era quién más gritaba.
     -¡Danos la cartera! ¡Y con mucho cuidadito!
    -¡Vamos a tu casa y allí nos das  todo lo que tengas!
    -¡Déjate de ir a su casa, capullo! ¡Puede vivir con alguien y eso lo complicaría todo! ¡Mejor la cartera!
    -¿Mi cartera? –preguntó el sepulturero- Voy sin cartera, ¿dónde creéis que puede llevar una cartera alguien vestido así? –señaló con ambas manos su traje de luces, oro y grana.
    -¿Eres torero? –preguntó de muy mala gana el de atrás.
    -No seas imbécil, ¿cómo va a ser torero? –dijo el que conducía- ¿qué te crees, que hay corridas a las seis de la madrugada? Este tío viene de una fiesta, joder si apesta a alcohol y tabaco.
    -Una fiesta solo para toreros  -dijo con fingido orgullo el enterrador.
    -No te hagas el gracioso con nosotros, torerito, que aquí quien tiene el rejón es el que tienes detrás –dijo el que conducía señalando a su compinche sin mirarlo.
    -Pues ese tendrá lo que quiera, pero yo no tengo cartera, y efectivamente lo de ir a mi casa sería meteros en problemas, pues no vivo solo.
    -¿Con quien vives? –preguntó el de atrás.
    -Con un oso Kodiak.
Un frenazo repentino hizo que todos salieran despedidos violentamente hacia delante salvo el conductor que estaba prevenido.
    -¡Fuera, bájate del coche! –gritó al enterrador-. Bájate ahora mismo antes de que cambie de opinión y le diga al Hierros que te rebane el pescuezo.
El Hierros estaba deseando que le dieran esa orden pues hundió ligeramente el estilete en la carne de su víctima hasta hacer que brotara un pequeño hilo de sangre. Sin mostrar ninguna preocupación el enterrador vestido de torero apartó con suavidad la mano que sujetaba el arma.
    -Ya has oído, Hierros, déjame bajar, que tu colega parece muy nervioso.
    -¡FUERA!
La siguiente escena fue bastante desconcertante para cualquiera que la presenciara. De un Corsa destartalado baja alguien vestido con un traje de luces, el coche se aleja a toda velocidad y mientras se pierde en una nube de polvo, la víctima del atraco lo contempla con los brazos en jarra. Se agacha, coge una piedra y la lanza hacia el horizonte a sabiendas de la inutilidad del gesto. Sabe que está lejos de su casa, sabe que aunque la tuviera enfrente no podría entrar porque las llaves se han ido en la guantera del Corsa, y sabe que tiene que estar en el cementerio de la Almudena antes de media hora o perderá su trabajo, de modo que ante tanta calamidad solo puede hacer una cosa: dar media vuelta con orgullo haciendo un desplante a un toro imaginario y caminar con la cabeza bien alta, mirando al tendido, como si acabara de dar un par de soberbios capotazos a su destino.
Al fondo, un coche granate metalizado, un Porsche Cayenne, pasó silenciosa y lentamente.


(...)









jueves, 30 de noviembre de 2017

Entrevista a Armando Crespo



         




Armando Crespo es uno de los protagonistas de Muerto dos veces, mi ultima novela que presentaré el miércoles 13 de diciembre en el bar Río Tormes que está en la calle Zurbano 84. Otro de los protagonistas principales de la novela es la misma muerte, pero mis intentos por hacerle una entrevista sin morir en el intento han resultado infructuosos. Insistía en que tenía que ser en su casa.

Armando, ya lo conoceréis quienes estén dispuestos a hacerlo, es una persona inteligente, amable y educada y no ha puesto ningún reparo cuando le he propuesto ser entrevistado, a pesar de que lo he citado en El Bombardier, un lugar que él odia profundamente. Y no es para menos, en su interior se reúne toda la variedad de pijos que de forma generosa siempre ha suministrado Madrid, junto a famosos y famosillos del momento, asiduos todos a la feria de vanidades y cazadores de sitios de moda.

Cuando llego, él está en un rincón de la barra, en una enorme banqueta sobre la que podrían sentarse dos personas sin tocarse, haciendo ascos a una copa de cocktail a la que mira como si fuera una rata muerta.
En cuanto me ve, su expresión cambia radicalmente y me recibe con una enorme sonrisa al tiempo que se desmonta de la enorme banqueta para darme un cordial y decidido apretón de manos.
    -No te pidas un daikiri – me advierte sin soltarme la mano-. Es pura melaza.
Tras una breve charla sobre lo mucho que necesitamos la lluvia, entramos de lleno en materia. Bueno, quien entra en materia soy yo.
    -¿Qué piensas de la muerte? –pregunto según hago señas al camarero para que me ponga lo mismo que a Armando.
    -Lo que decía woody Allen: no es tan terrible si te pilla con la corbata adecuada.
    -¿Por qué “morir dos veces”?
    -Porque es inevitable –me responde con aplomo.
Yo lo miro fijamente sin decir nada, tratando de ver qué se esconde detrás de su mirada, a la espera de que siga hablando, de que él mismo complete la respuesta. Es un viejo truco de entrevistador que aprendí de Jesús Quintero, aunque creo que él abusaba en exceso de este recurso.
Los segundos pasan y da tiempo a que el camarero me traiga mi daikiri. Armando sigue callado con una leve sonrisa. Por fin se decide a hablar.
    -¿Tú crees en la vida después de la muerte? –me pregunta.
No tengo que pensar mucho la respuesta. Niego con la cabeza en silencio, al tiempo que elevo una ceja con estudiada teatralidad.  Creo que estoy demasiado influido por Jesús Quintero, voy a cambiar de estrategia, me parece.
    -¿Vida después de la muerte? –digo como si saliera de una pasajera somnolencia- No, la verdad es que desde que dejé el colegio, dejé de creer en esa posibilidad y ya lo siento.
     -Pues ahí lo tienes –responde con seguridad-. En tal caso todo lo te que va a pasar después de muerto es lo  mismo que ya te pasó antes de nacer: nada. Estaremos tan muertos después de haber vivido como lo estábamos antes de haber nacido, es decir: cuando nos muramos, en realidad será la segunda vez que nos ocurra lo mismo.
     -Pero la novela no va de eso –protesto.
    -No, claro que no, no tiene nada que ver, pero yo no he venido aquí para hablar de mi libro.
Yo lo miro tratando de no parecerme en absoluto a Jesús Quintero y doy un trago a mi daikiri. La verdad es que es una mierda, está demasiado dulce.