sábado, 21 de abril de 2018

La cita









La soledad puede crear terribles fantasías.
Los monstruos que las habitan son reales.
(Clara Gutierrez)

Si coges un cangrejo por el caparazón y  lo levantas unos centímetros por encima del suelo, verás lo que Alberto pensaba que era su vida. Un pataleo inútil y ridículo que poco a poco se va haciendo más débil, hasta que llega un momento en que las patas ya cuelgan exánimes, pendulares, lacias como un manojo de espaguetis recién hervidos. Entonces puede ocurrir que las fuerzas que te tenían atrapado desaparezcan, pero ya no hay nada que hacer; si acaso ir de culo un par de pasos antes de desaparecer tú también. Alberto, a pesar de que ya había cumplido los cuarenta, seguía pataleando. No soportaba  la resignación y aún sentía la necesidad de hacer cosas de las que poder arrepentirse. 
Cosa extraña en un viernes por la tarde,  había poca gente andando por la calle. Alberto se paró y miró en dirección contraria al tráfico para ver si venía un taxi. Nada, lo típico. La única manera de que aparezca uno, todo el mundo lo sabe, es encendiendo un cigarrillo. Una invocación que nunca falla: en cuanto das un par de caladas y empiezas a tener la estúpida sensación de que fumar es un placer, aparece una luz verde que en virtud de Dios sabe qué leyes de la física, recorre cinco manzanas en fracciones de segundo. Alberto conocía el sortilegio y sacó el último cigarrillo de un extenuado paquete, sin saber que en esta ocasión iba a aparecer algo más que un taxi. Pidió fuego, dio una gran bocanada dando la espalda a la calzada,  luego dio otra más, y una chica pasó por delante de él sin dejar de mirarlo.
Alberto estaba dispuesto a seguir mirando a la chica mientras tuviera ojos para hacerlo. Ella lo sabía y pasó por delante de él consciente de sus pantalones ceñidos.
Los taxis dejaron de existir. La chica se detuvo en las escaleras del metro, miró su reloj,  y se sentó en el primer peldaño. El cangrejo pataleaba.
El teléfono móvil sonó con insistencia puntiaguda en el bolsillo de Alberto. Era su mujer para preguntarle cuánto iba a tardar en llegar. Mucho. No hay un maldito taxi en toda la ciudad.
    -Si quieres te voy a buscar y luego vamos a tomar algo por ahí.
En ese momento la chica se levantó, se dio la vuelta y fue hacia Alberto.
    -Ahora te llamo yo, perdona –qué ojos-, no te oigo nada.
La diosa llegó a su lado con un cigarrillo apagado en la mano. Otra vez un cigarrillo como elemento invocador de algo deseado.
    -¿Tienes fuego?
Alberto sabía que no llevaba mechero, pero fingió buscarlo.
    -Fuego, fuego… ¿te vale de aquí? – le tendió su cigarrillo casi consumido.
Un par de aspiraciones y el trasvase ya estaba hecho. Luego la nada. La chica volvió a su sitio y se sentó de nuevo en la escalera dando la espalda al mundo.
    -Dime… si, perdona –Alberto cogió de nuevo su móvil sin dejar que terminara una irritante y  monocorde versión de “Las Valkirias”-, es que aquí la cobertura es malísima… si, no, no te preocupes, ya voy yo en cuanto pueda… -la chica miró su reloj-  no creo que tarde mucho… hasta ahora.
Un taxi libre pasó  lentamente, tanto que Alberto pudo distinguir la cara del taxista que lo miró como una esfinge en espera de la respuesta correcta. Sin pensarlo, se dio media vuelta y fue hacia donde estaba la chica.
    -Perdona –la chica se sobresaltó tenuemente- llevo un montón de tiempo esperando un taxi, y me he dado cuenta de que tú también estás esperando a alguien, y… ya ves,  de repente me he acordado de un juego que hacíamos en el colegio cuando esperábamos  a que vinieran a buscarnos, y nuestros padres tardaban más de la cuenta en llegar.
Clara Gutiérrez, que ya va siendo hora de decir cómo se llamaba la chica, miró a Alberto sin desconfianza, lo cual es bastante meritorio si tenemos en cuenta la extravagante forma de abordarla.
    -¿Si?
Una contestación en forma de pregunta, y tan breve, sólo puede indicar interés, pensó Alberto.
    -Sí, verás: el juego consistía en que pensábamos un deseo y al primero al que vinieran a buscar, a ese, se le cumplía su deseo.
    -¿A los demás, no?
    -Sólo había un ganador –dijo de la forma más tajante que su tono de voz le permitió.
    -¿Y funcionaba? –preguntó Clara con una mezcla de tristeza y esperanza. Una mezcla maravillosa en aquellos ojos.
-No lo sé. A mí siempre venían a buscarme el último, pero supongo que funcionaba porque mis amigos cambiaban de bicicleta muy a menudo.
Claro se rió como si no estuviera demasiado acostumbrada a reirse.
    -Vale, podemos  probar. No me vendría mal una bicicleta, aunque pensándolo mejor...
    -Tchis, tchis –le interrumpió Alberto-. El deseo no se puede declarar, ha de ser secreto.
    -Ummm, qué interesante, cada vez me va gustando más este juego. A ver...
Clara cerró los ojos, y si no fuera porque los tenía cerrados, estaría mirando al cielo.
La cabeza levemente inclinada, la boca dibujando una leve sonrisa, los párpados entornados y las pestañas afectadas de un tenue temblor. Para Alberto era muy fácil pensar en su deseo.
    -Ya está –despertó Clara de su ensoñación-. ¿Y tú? ¿Ya has pensado el tuyo?
    -Naturalmente –un cangrejo pataleaba vigorosamente en la cabeza de Alberto-. Se puede decir que soy un auténtico experto en pensar deseos, lo hago a toda velocidad.
    -Pues nada, que gane quién más lo necesite.
    Un  tropel de personas inundó las escaleras subiendo fatigosamente hacia ellos. Alberto iba a decir algo ingenioso a Clara pero se quedó paralizado mirando la marea humana que salía del metro camino de vete a saber dónde. Una lengua de gente que asomaba al exterior cada cierto tiempo, y que siempre había pasado inadvertida a Alberto, pero que en esta ocasión le produjo una extraña intranquilidad. Podía ser que entre todos esos individuos ignorados se encontrara la persona que estaba esperando Clara. Estudió a cada uno de ellos intentando descubrir quién podría ser. Poco a poco la multitud fue disminuyendo hasta que finalmente Alberto observó aliviado que ya sólo subían los menos preparados para las prisas, como ancianos y otros que claramente no tenían que cumplir con un destino inmediato. Hasta la siguiente oleada podía estar seguro de que Clara iba a estar allí. No sabía qué hacer, si permanecer a su lado hablando de cualquier cosa, contándola historias inventadas con la esperanza de que jamás apareciera el personaje esperado, o, lo que era más coherente con las reglas del juego que él mismo había establecido, retirarse al borde de la calzada a esperar su taxi. Entonces, sin saber cómo, lo que tenía en la cabeza se transformó en palabras. Lo dijo  quedamente, como una salmodia de vieja beatona, sin apenas despegar los labios.
         -La prudencia es una señora muy aburrida cortejada por un caballero muy cobarde.
         -¿Has dicho algo?
         -Que si te vienes a tomar una cerveza.
     Clara miró a Alberto, Alberto estudió la expresión de Clara. El tiempo se detuvo, el espacio se contrajo a un punto de densidad infinita. Clara se levantó y Alberto tuvo unas fracciones de segundo de felicidad. Nada de esto afectó al taxi que se detuvo tras ellos con una luz verde, omnipresente, obscena. Alberto la vio reflejada en los ojos de Clara. Un  punto verde sobre  fondo verde, que sin embargo, cerraba el paso.
         -Hay un taxi libre justo detrás de ti –sonó como si hubiera dicho, tienes un perro rabioso persiguiéndote.
    Alberto se dio la vuelta muy despacio con la esperanza de que alguien cogiera el taxi antes que él, pero no; allí estaba, aparcado desde antes del nacimiento del universo esperándole expresamente a él. Era Caronte que había venido a buscarlo en su barca para llevarlo al otro lado del río. Alberto había ganado el juego, pero sentía que había perdido algo más importante. Su teléfono móvil empezó a sonar otra vez, pero no contestó. Se despidió de Clara aparentando la alegría que no tenía y subió sumisamente al taxi.
         -Adiós –repitió.
         -No esperes que se cumpla tu deseo. Tu juego no funciona –le dijo Clara cuando el taxi ya estaba casi en marcha.
    Mirar hacia atrás es un acto de crueldad con uno mismo, pero Alberto no pudo evitar hacerlo, y vio a Clara aún en la misma posición, sin moverse de la acera, hasta que lentamente se giró y empezó a andar alejándose de la entrada del metro. Entonces entendió porqué no había funcionado el juego: porque realmente había ganado ella. La persona a quién estaba esperando había llegado mucho antes que su taxi. Le había estado esperando a él.
    Se sintió sin fuerzas para soportar el peso de su caparazón.






                      




sábado, 7 de abril de 2018

Ángeles del cielo









Dimas intentó seguir caminando temeroso de todo. Mejor dicho, arrastrándose. Era un hombre extremadamente religioso y a pesar de su convencimiento de que tras la muerte pasaría a una vida mejor, cada vez que se veía en peligro, el miedo lo atenazaba sin dejarlo apenas respirar. Su mujer le reprendía por ese terror tan poco coherente con sus creencias. Si tan convencido estás de ir al cielo, le decía, ¿por qué temes el momento de que eso ocurra? ¿No es precisamente lo que más deseas?
Ahora estaba a punto de llegar al santuario del Arcángel san Rafael, del que era gran devoto, para ofrecerle sus oraciones de agradecimiento por ser su ángel de la guarda, siempre vigilante y eficaz. Todos los años, al inicio de la primavera, hacía la peregrinación a la remota ermita con la única compañía de su silenciosa devoción.
El santuario estaba situado en la cima de una escarpada montaña, que a veces aún mantenía nieve en sus laderas. No tanta como en esta última ocasión, que además de nieve, el hielo dificultaba la ascensión. Cuando apenas le quedaban unos metros para llegar, sufrió una aparatosa caída despeñándose por un risco implacable.
Probablemente se había rotos varios huesos, y quizá también algún órgano interior, con lo que las probabilidades de sobrevivir en aquel paraje eran nulas. No le quedaba  más remedio que intentar llegar al santuario. ¿Qué otra cosa podía hacer? Allí al menos obtendría el consuelo de haber cumplido un año más con su promesa de visitar a su ángel custodio. Sabía que iba a morir y las pocas fuerzas que le quedaban debía emplearlas  de la mejor manera posible.
Finalmente, desfallecido, a muy pocos metros de su objetivo, cuando ya podía distinguir la enorme figura de san Rafael tras la verja que lo custodiaba, se dio por vencido, y mirando al cielo encomendó su alma a Dios. Solo tenía que esperar a que dos ángeles enviados por san Rafael, vinieran a recogerlo para llevarlo a su salvación y lo liberaran del sufrimiento causado por sus mortales heridas. Cerró los ojos, los abrió de nuevo, y allí estaban. Dos ángeles enormes batiendo sus alas antes de aterrizar a su vera. Los veía en contraluz, con un enorme sol detrás, y la visión era mágica, sobrenatural. Un halo luminoso los enmarcaba tal como había visto en tantas representaciones litúrgicas. El milagro se había producido. Cerró los ojos y se dispuso a encontrar la paz.

     -¿Cuál es tu olor a cadáver favorito?
Neofrón se lo pensó unos segundos antes de responder.
    -Mmmm, no sé, quizá el humano, es más exquisito que el de vaca o cabra. ¿Y el tuyo?
    -Sí, el mío también –Hedrix respondió tajante.
Neofrón y Hendrix eran dos buitres que siempre hablaban de comida antes de darse un atracón.
     -Parece que aún no está del todo muerto, pero yo creo que ya podemos empezar, ¿no te parece?








jueves, 29 de marzo de 2018

Pasmao







Estaba dispuesto a escribir un artiblog sobre Charles Conrad, dentro de la sección Galería de personajes irrelevantes de La tertulia perezosa, pero he cambiado de opinión. ¿Por qué? porque hay algo que me resulta imposible dejar de mencionar en un día como hoy. Pero antes, para saciar la curiosidad de quienes se preguntan quién demonios es Charles Conrad, diré que se trata de un personaje injustamente olvidado. Todo el mundo sabe quiénes son Neil Armstrong y Edwin Aldrin (apodado Buzz, como Buzz Lightyear, el personaje de Toy Story, aunque más bien es al revés, claro). Es imposible no haber oído hablar de los dos primeros hombres que pisaron la Luna, incluso todo el mundo conoce a Collins, el pobre pringado que tuvo que quedarse en el módulo de mando, presumiblemente bastante enfurruñado, mientras sus compañeros se lo pasaban bomba saltando ingrávidamente por la superficie lunar, jugando como niños en la playa. Estupendo, pero ¿alguien sabe cómo se llamaba el tercer hombre en pisar la Luna? Ahora sí, claro, ahora resulta evidente que su nombre es precisamente Charles Conrad. Un completo desconocido a pesar de haber hecho exactamente lo mismo que otros dos colegas suyos y cuya fama es universal. Qué mala suerte, por solo un puesto en llegar a la meta. Aprovecho para decir que en total fueron 12 los astronautas que dejaron para siempre las huellas de sus botas  grabadas en la pálida superficie de la Luna.

¿Y qué ha sucedido hoy que ha desplazado de mi procesador de textos la interesante vida de Charles Conrad? La televisión, lo que he visto en la televisión en las noticias del medio día. Nada menos que  a cuatro ministros del gobierno actual, cantando El novio de la muerte. Cospedal, Zoido, Méndez de Vigo y Catalá, que han asistido entre otras procesiones, a la de esos machotes indiscutidos cargando a una sola mano con el Santísimo Cristo de la Buena Muerte. Lo de que las banderas luzcan a media asta en todos los cuarteles de España se queda corto con esta visión. Me he quedado anonadado. ¡Se saben la letra!   

Flipo, en serio. Otro día hablaré de Eugene Cernan.













viernes, 16 de marzo de 2018

Lleno de agujeros









Todos los días hacía un agujero, un enorme agujero cada vez más grande, cada vez más profundo. Cuando lo terminaba, cansado por el esfuerzo, lo contemplaba lleno de satisfacción, la barbilla apoyada en el mango de la pala. Parecía que su obra también lo estuviera observando a él, con una mirada vacía de cíclope gigante.
¿Cuántos agujeros había hecho en su vida? Miles, cientos de miles. Una infinidad de ojos abiertos que se multiplicaban formando un amplio círculo en un terreno vasto y desierto.
Alguien le preguntó una vez para qué había cavado tal cantidad de pozos, y sobre todo por qué todos bordeaban la única montaña que había en aquel terreno que se extendía infinito.
    -¿Qué montaña? –preguntó el hombre-, no hay ninguna montaña aquí. Eso que a ti te parece una montaña, precisamente son los agujeros.















sábado, 10 de marzo de 2018

Bueno para comer







No somos conscientes pero vivimos en el mejor momento que ha tenido la humanidad, a pesar de que continuamente evocamos con nostalgia otros tiempos y escuchamos y decimos cosas que colocan a nuestro pasado en un nivel superior al que tenemos en la actualidad. Sobre todo en lo relativo a la alimentación. Tendemos a pensar que el paso del tiempo ha degradado lo que comemos y convertido en basura lo que antes era pura frescura y alimentos naturales. Ahora nos están envenenando, decimos; como se comía antes, ya no se come, añadimos, todo es artificial; no tenemos ni idea de lo que nos ponen, concluimos ya algo mosqueados. Eso es verdad, en general no tenemos ni idea de lo que nos ponen, pero cualquier producto que salga al mercado, previamente tiene que pasar estrictos controles sanitarios que aseguran que “eso” que ponen no es necesariamente malo, y la información exigida en los envases y etiquetas, es una novedad en la historia de la alimentación que beneficia enormemente al consumidor. Por supuesto que siempre habrá industrias alimentarias que se salten estos controles, que mientan en sus especificaciones y que pongan en peligro nuestra salud, pero ¿en qué campo de actividad humana no existen criminales dispuestos a burlar la ley, incluso a matar, si con ello consiguen aumentar sus beneficios? Al menos, ahora sabemos que cuando los pillan, lo van a pagar caro, cosa que antes... para empezar nadie se enteraba de que esos retortijones tan espantosos fueron causados porque a alguien se le fue la mano en añadir en el chile tan sabroso de la cena, un tinte utilizado normalmente en el betún para el calzado.

En el siglo XIX era práctica habitual la adulteración de los alimentos, algo que se hacía sin apenas control y muchas veces sin conocer el alcance del fraude. Por ejemplo, el óxido de plomo se utilizaba normalmente para que el queso de Gloucester ofreciera un aspecto más “natural”. A la mostaza se le añadía cromato de plomo con el fin de realzar su color amarillo, y nada mejor que el sulfato de cobre para dar ese tono verde brillante tan apreciado en los pepinillos. Los niños no se libraban, pues a los caramelos se les ponía una cantidad que procuraban que no fuera mortal de arsenito de cobre para que su aspecto resultara más atractivo.

La adulteración era una práctica común hasta finales del XIX, a veces de forma mucho más rudimentaria de lo que cabría pensar: por ejemplo, se añadía tiza, puré de patata, incluso serrín, para aumentar el peso de la hogaza de pan. Las hojas de té ya usadas se reciclaban camuflando su aspecto mustio a base de añadir excremento de oveja y sulfato ferroso, y finalmente, un toque magistral de acetato de cobre o de ferrocianuro férrico, devolvían el tono verde a las hojas de té. Naturalmente llegaría un momento en que ya no podría repetirse de nuevo el proceso de adulteración, de modo que había bastantes probabilidades de que a las cinco pudieran tomarse un té auténtico, de primera mano. Solo probabilidades.

Si en lugar de acompañar los canapés de pepinillo y salmón con un humeante té, se prefería la frescura de una cerveza, el peligro de morir envenenado no desaparecía en absoluto. En lugar de lúpulo, muchos fabricantes para dar el característico amargor a la cerveza añadían estricnina o un extracto de Anamirta cocculus, una baya del sudeste asiático que por fin encontró un motivo para que alguien se molestara en recogerla de los arbustos.

Quizá todo esto expliqué por qué nuestros bisabuelos difícilmente pasaban de los setenta años de edad. En fin, de verdad que podría seguir describiendo las formas que existían en el siglo XIX de adulterar los alimentos (ha caído en mis manos un libro de química que es una joya), lo que me hace pensar que podemos estar mucho más tranquilos viviendo en el XXI.

lo que está claro es que en cualquier época que nos toque vivir, lo que no mata engorda.












sábado, 24 de febrero de 2018

De turismo por el mundo



                                                 
                                                                        Interior de la estación de Toledo




Toledo tiene, desde el año 1919, una preciosa estación de ferrocarril de estilo neomudéjar sorprendente, íntima y acogedora, que nos anuncia cómo es la ciudad a la que acabamos de llegar. Soy consciente de que dicho así resulta muy cursi, pero no tengo ganas de darle más vueltas al asunto y así se queda.
Si luego preguntamos a cualquiera que nos encontremos en la Plaza de Zocodover o en la Puerta de Bisagra, donde se encuentra la estación, casi seguro que no tiene ni la menor idea. Esto se debe a que muy probablemente a quién hemos preguntado no es de Toledo. Nos ocurriría lo mismo si le preguntáramos dónde está la catedral: giraría sobre sí mismo para orientarse y luego consultaría su mapa. En Toledo podemos encontrar ciudadanos de cualquier lugar del mundo y excepcionalmente algún toledano.
He empezado con Toledo porque quiero hablar de la isla Tristán de Acuña.

Viajar se ha convertido en un movimiento de masas que en gran parte elimina el placer de descubrir y explorar tierras desconocidas. Hoy día cualquier sitio al que vayamos está lleno de gente que ha tenido la misma idea que nosotros. Desde que surgió, a finales del siglo XVII, el llamado Grand Tour, precedente del turismo, las cosas se han ido sucediendo de tal manera que hoy podemos asegurar sin riesgos a equivocarnos que se nos han ido de madre.

El Grand Tour, que aparece por primera vez mencionado de esta manera en El voyage d’italie, escrito en 1670, era un recorrido por Europa que los jóvenes aristócratas, sobre todo los jóvenes aristócratas británicos, realizaban como parte de su formación. Muchos acababan escribiendo su experiencia dando lugar al libro de viajes, y también a las primeras guías turísticas. Esta costumbre de viajar se popularizó con la llegada del ferrocarril en el S.XIX, y ha seguido extendiéndose hasta alcanzar todos los estratos sociales y todos los lugares habitados. Hoy día todo el mundo conoce las ofertas de los vuelos low cost, los pisos turísticos, tan de actualidad estos días, y la variedad de novedosas formas que ofrece Internet para que viajar no resulte un privilegio.

Está bien porque a todos nos gusta viajar pero no está bien porque entonces todos viajamos, y los sitios se ponen imposibles. A veces, incluso, los habitantes de los destinos turísticos tienen que tomar iniciativas para defenderse de la invasión de visitantes que en nada recuerdan a los primeros viajeros del Grand Tour, que querían empaparse de la cultura clásica visitando la Italia del renacimiento. Ahora buscan empaparse de cerveza en la plaza del pueblo.

                                                      La isla más lejana, aislada e inaccesible del Globo

Descartando lugares inhabitables, he buscado el lugar menos visitado, y naturalmente se trata de una isla, realmente un pequeño archipiélago británico, situado en el Atlántico Sur. Se llama Tristán de Acuña, y tiene una población total de 270  personas concentradas en la única localidad poblada que se llama Edimburgo, en honor del Príncipe Alfredo, hijo de la reina Victoria y duque de Edimburgo, que la visitó, no se sabe con qué fin, en 1867. Se dedican principalmente a la agricultura, y digo yo, que también tendrán cabras o vacas, aunque este extremo no lo he podido comprobar, es pura intuición. Yo desde luego, si viviera allí tendría al menos alguna gallina.

Sus vecinos más próximos están a 2.000 kilómetros. Se trata de la Isla de Santa Elena, donde murió desterrado Napoleón, que lo mandaron allí por su lejanía e inaccesibilidad. Precisamente el archipiélago Tristán de Acuña fue anexionado por el Reino Unido en 1816 para evitar la tentación a los franceses de utilizarlo como base para rescatar a Napoléon, que vivió allí sus últimos seis años. No olvidemos que a Napoleón lo desterraron los británicos después de zurrarle la badana en Waterloo, y se lo llevaron a Santa Elena, un peñasco bastante desagradable, azotado por vientos impetuosos, lluvias inclementes, y si no, un sol que caía como plomo derretido, para ver si así se le quitaba la manía de invadir a los demás.
En realidad, nadie habría oído hablar de la isla de Santa Elena, si no llega a ser por este hecho histórico.

Pero volvamos a Tristán de Acuña. Después de la insalubre Santa Elena, las costas más cercanas, las de Suráfrica, están a 2.400 kilómetros; por el otro lado, está Sudamérica a unos 3.600 kilómetros.

Pero algo grande debe tener esta pequeña, aislada e inaccesible isla de Tristán de Acuña, porque en el año 1961, la totalidad de su población fue evacuada al Reino Unido por la erupción inminente del volcán Pico de la Reina María, y a los pocos años, la casi totalidad de sus habitantes regresaron a sus casas. Y allí siguen desde entonces.

Como dato llamativo de la isla, cabe destacar el aspecto de los pingüinos que la habitan. Parecen pingüinos antisistema y probablemente lo sean. Habrá que ir, de manera ordenada, a comprobarlo.

                                                              Pingüino  autóctono

Si después de publicar este artiblog, la isla se ve invadida por hordas de turistas, me sentiré responsable de haber destruido uno de los pocos lugares respetados por el ansia turística, aunque el peso de la culpa quedará mitigado por la satisfacción de ver la difusión y aceptación de La Tertulia Perezosa.
A ver qué pasa.










domingo, 11 de febrero de 2018

El sentido de la vida








A cualquiera que se le pregunte por el sentido de la vida, pensará inmediatamente en el sentido de SU vida, no de la vida en general. No es nada reprochable, es más, es lo normal. Ya los filósofos clásicos a la hora de responder a esta pregunta pensaban solo en la vida humana, y cada cual lo hacía a su manera. Platón fijaba el sentido de la vida en alcanzar una forma superior de conocimiento. Aristóteles, aprendiz de Platón, iba un pelín más lejos y ponía como propósito de la vida alcanzar el Bien Supremo que como todo el mundo sabe es equivalente a conseguir la Eudaemonia. En otras palabras, la felicidad, bienestar y excelencia (para los estudiosos, consultar Diccionario de filosofía de Ferrater Mora, pag. 1.153 –Tomo II).  Más recientemente, el psicoanalista Erich Fromm, nos ha sacado a todos de dudas diciendo que el sentido de la vida no es más que el acto de vivir en uno mismo. Pues eso.
Además de la filosofía, también las religiones han buscado respuesta a esta pregunta eterna. La Biblia viene a decir que el único sentido de la vida es  adorar a Dios. Pues vaya, no parece una respuesta muy convincente, y como razón para seguir vivo... la verdad es que no entusiasma nada, sobre todo teniendo en cuenta que adorar a Dios significa temerlo y guardar sus mandamientos (para los estudiosos ver Eclesiastés 12:13, justo en el epílogo, el último versículo).  Me quedo con la respuesta de los filósofos, en todo caso.


Yo nunca me había preguntado cuál es el sentido de la vida por miedo a no encontrarle ninguno, pero el otro día, y ahora explicaré cómo fue, me vino inmediatamente la pregunta a las mientes. Y no solo el sentido de mi vida o de la vida de los humanos, sino de la vida en general. La epifanía me llegó cuando estaba leyendo un libro sobre los insectos. En seguida me di cuenta de que tenemos mucho que aprender de ellos.

Estos animales tienen clarísimo cuál es el propósito de la vida, y por tanto, saben cómo aprovecharla mejor. La mayoría de ellos pasan por diferentes estadios antes de llegar a la edad adulta: huevo, larva, pupa y adulto, lo cual ya es indicativo de que saben cómo evitar la monotonía. 
Casi todos los insectos tienen algo extraordinario que decir sobre sus vidas pero encontré uno en particular que me reveló la respuesta a la gran pregunta. Se trata de un bichejo parecido a la libélula, se llama efímera, y es toda una lección de vitalidad. Los que tienen más confianza, a este insecto lo llaman cachipolla, sin que nadie aclare  la elección del nombre, que la verdad se las trae.

Pues bien, resulta que la vida adulta de la ephemeroptera o efímera, se reduce a solo 24 horas. Solo cuenta con un día de vida y lejos de desanimarse a mantenerse sobre el planeta, lleva habitándolo 300 millones de años. Cuando lo leí me dije: ya está, el sentido de la vida es estar vivo, ni más ni menos. No hay que darle más vueltas. La vida aunque solo sean 24 horas merece la pena porque es algo grande, maravilloso, único; es portentoso, y si no, miremos a las efímeras que salen del agua dejando atrás su pasado de ninfas, sabiendo que van a estar revoloteando por el paisaje escasas horas antes de caer desfallecidas de nuevo sobre la cristalina superficie del agua, y aún así lo hacen entusiasmadas.

Ah, se me olvidaba comentar que las 24 horas que vive la éfimera adulta las dedica exclusivamente al sexo. Ni siquiera se entretiene en comer ya que no tiene boca con qué hacerlo.

Hay que decir que la efímera dura poco, pero qué bien aprovecha el tiempo. Esa es la respuesta.