sábado, 9 de diciembre de 2017

El placer de hojear





Todos, antes de comprar un libro, lo abrimos, lo hojeamos, y al buen tuntún, escogemos un párrafo y lo leemos.

Obedeciendo a este impulso, pongo a continuación un par de hojas de Muerto dos veces, mi última novela. Pertenecen al inicio para no destripar nada de lo que allí ocurre.

Espero que os guste y si os gusta mucho, la presentación será el miércoles a las 19:45 en el restaurante Río Tormes, en la calle Zurbano, 84.

Hala, pues aquí va:

(...)
Tenía el rostro afilado, tez morena, los ojos pequeños y hundidos que le daban aspecto de calavera y una barba negra de tres días, intensamente negra, que le crecía por minutos. Era feo. También era huesudo, y sus brazos extremadamente delgados terminaban en unas manos de dedos puntiagudos. Parecía que toda su fisonomía estuviera pensada para desempeñar mejor su trabajo de enterrador. Se quedó sin empleo el día en que se presentó en el cementerio vestido de torero. La noche anterior había estado en una fiesta de disfraces con tan mala fortuna que al volver a su casa, ya muy de madrugada, lo atracaron en un semáforo. A punta de pistola le indicaron que se sentara en el asiento del copiloto, e inmediatamente después subieron dos sujetos a su viejo Corsa, poniéndose uno de ellos, el de la pistola, al volante y el otro en el asiento de atrás. Apestaban a crueldad, o eso le pareció a él que presumía de tener un sentido del olfato capaz de detectar también cualidades del alma que nadie podía oler, si acaso los perros.
El frío tacto del estilete que el sujeto que iba detrás le había puesto debajo de la nuez le confirmó que su apreciación no iba mal encaminada. Los atracadores gritaban, no solo a él, también entre ellos, lo que era prueba de su grado de excitación, probablemente también de los efectos de alguna droga nada relajante.
A pesar de que la situación era de lo más propicia para sentirse en peligro, le llamó la atención no estar en absoluto asustado, ni el más ligero temor, nada de miedo. Es curioso, pensó. Luego trató de seguir las órdenes que le daban, tanto desde atrás, el de la navaja, como el que conducía que era quién más gritaba.
     -¡Danos la cartera! ¡Y con mucho cuidadito!
    -¡Vamos a tu casa y allí nos das  todo lo que tengas!
    -¡Déjate de ir a su casa, capullo! ¡Puede vivir con alguien y eso lo complicaría todo! ¡Mejor la cartera!
    -¿Mi cartera? –preguntó el sepulturero- Voy sin cartera, ¿dónde creéis que puede llevar una cartera alguien vestido así? –señaló con ambas manos su traje de luces, oro y grana.
    -¿Eres torero? –preguntó de muy mala gana el de atrás.
    -No seas imbécil, ¿cómo va a ser torero? –dijo el que conducía- ¿qué te crees, que hay corridas a las seis de la madrugada? Este tío viene de una fiesta, joder si apesta a alcohol y tabaco.
    -Una fiesta solo para toreros  -dijo con fingido orgullo el enterrador.
    -No te hagas el gracioso con nosotros, torerito, que aquí quien tiene el rejón es el que tienes detrás –dijo el que conducía señalando a su compinche sin mirarlo.
    -Pues ese tendrá lo que quiera, pero yo no tengo cartera, y efectivamente lo de ir a mi casa sería meteros en problemas, pues no vivo solo.
    -¿Con quien vives? –preguntó el de atrás.
    -Con un oso Kodiak.
Un frenazo repentino hizo que todos salieran despedidos violentamente hacia delante salvo el conductor que estaba prevenido.
    -¡Fuera, bájate del coche! –gritó al enterrador-. Bájate ahora mismo antes de que cambie de opinión y le diga al Hierros que te rebane el pescuezo.
El Hierros estaba deseando que le dieran esa orden pues hundió ligeramente el estilete en la carne de su víctima hasta hacer que brotara un pequeño hilo de sangre. Sin mostrar ninguna preocupación el enterrador vestido de torero apartó con suavidad la mano que sujetaba el arma.
    -Ya has oído, Hierros, déjame bajar, que tu colega parece muy nervioso.
    -¡FUERA!
La siguiente escena fue bastante desconcertante para cualquiera que la presenciara. De un Corsa destartalado baja alguien vestido con un traje de luces, el coche se aleja a toda velocidad y mientras se pierde en una nube de polvo, la víctima del atraco lo contempla con los brazos en jarra. Se agacha, coge una piedra y la lanza hacia el horizonte a sabiendas de la inutilidad del gesto. Sabe que está lejos de su casa, sabe que aunque la tuviera enfrente no podría entrar porque las llaves se han ido en la guantera del Corsa, y sabe que tiene que estar en el cementerio de la Almudena antes de media hora o perderá su trabajo, de modo que ante tanta calamidad solo puede hacer una cosa: dar media vuelta con orgullo haciendo un desplante a un toro imaginario y caminar con la cabeza bien alta, mirando al tendido, como si acabara de dar un par de soberbios capotazos a su destino.
Al fondo, un coche granate metalizado, un Porsche Cayenne, pasó silenciosa y lentamente.


(...)









jueves, 30 de noviembre de 2017

Entrevista a Armando Crespo



         




Armando Crespo es uno de los protagonistas de Muerto dos veces, mi ultima novela que presentaré el miércoles 13 de diciembre en el bar Río Tormes que está en la calle Zurbano 84. Otro de los protagonistas principales de la novela es la misma muerte, pero mis intentos por hacerle una entrevista sin morir en el intento han resultado infructuosos. Insistía en que tenía que ser en su casa.

Armando, ya lo conoceréis quienes estén dispuestos a hacerlo, es una persona inteligente, amable y educada y no ha puesto ningún reparo cuando le he propuesto ser entrevistado, a pesar de que lo he citado en El Bombardier, un lugar que él odia profundamente. Y no es para menos, en su interior se reúne toda la variedad de pijos que de forma generosa siempre ha suministrado Madrid, junto a famosos y famosillos del momento, asiduos todos a la feria de vanidades y cazadores de sitios de moda.

Cuando llego, él está en un rincón de la barra, en una enorme banqueta sobre la que podrían sentarse dos personas sin tocarse, haciendo ascos a una copa de cocktail a la que mira como si fuera una rata muerta.
En cuanto me ve, su expresión cambia radicalmente y me recibe con una enorme sonrisa al tiempo que se desmonta de la enorme banqueta para darme un cordial y decidido apretón de manos.
    -No te pidas un daikiri – me advierte sin soltarme la mano-. Es pura melaza.
Tras una breve charla sobre lo mucho que necesitamos la lluvia, entramos de lleno en materia. Bueno, quien entra en materia soy yo.
    -¿Qué piensas de la muerte? –pregunto según hago señas al camarero para que me ponga lo mismo que a Armando.
    -Lo que decía woody Allen: no es tan terrible si te pilla con la corbata adecuada.
    -¿Por qué “morir dos veces”?
    -Porque es inevitable –me responde con aplomo.
Yo lo miro fijamente sin decir nada, tratando de ver qué se esconde detrás de su mirada, a la espera de que siga hablando, de que él mismo complete la respuesta. Es un viejo truco de entrevistador que aprendí de Jesús Quintero, aunque creo que él abusaba en exceso de este recurso.
Los segundos pasan y da tiempo a que el camarero me traiga mi daikiri. Armando sigue callado con una leve sonrisa. Por fin se decide a hablar.
    -¿Tú crees en la vida después de la muerte? –me pregunta.
No tengo que pensar mucho la respuesta. Niego con la cabeza en silencio, al tiempo que elevo una ceja con estudiada teatralidad.  Creo que estoy demasiado influido por Jesús Quintero, voy a cambiar de estrategia, me parece.
    -¿Vida después de la muerte? –digo como si saliera de una pasajera somnolencia- No, la verdad es que desde que dejé el colegio, dejé de creer en esa posibilidad y ya lo siento.
     -Pues ahí lo tienes –responde con seguridad-. En tal caso todo lo te que va a pasar después de muerto es lo  mismo que ya te pasó antes de nacer: nada. Estaremos tan muertos después de haber vivido como lo estábamos antes de haber nacido, es decir: cuando nos muramos, en realidad será la segunda vez que nos ocurra lo mismo.
     -Pero la novela no va de eso –protesto.
    -No, claro que no, no tiene nada que ver, pero yo no he venido aquí para hablar de mi libro.
Yo lo miro tratando de no parecerme en absoluto a Jesús Quintero y doy un trago a mi daikiri. La verdad es que es una mierda, está demasiado dulce.









   

domingo, 26 de noviembre de 2017

Muerto dos veces



El día 13 de diciembre, miércoles,  presento mi nueva novela, Muerto dos veces. De momento aquí podéis ver el book trailer que ha hecho mi amigo Marcos Carrasco, el artista que ilustró La dama del lienzo, novela que hicimos a la limón con la que conseguimos fama, dinero y nos brindó la oportunidad de volver a trabajar juntos como equipo creativo.

En realidad de esas tres cosas, solo conseguimos una, pero no diré cuál.






SI NO LO VES PINCHA AQUÍ

lunes, 20 de noviembre de 2017

El gran dictador







Hoy se cumple el aniversario de la muerte del dictador que más tiempo se ha mantenido en el poder en Europa, y yo creo que de todo el mundo, en el siglo pasado. Un hombre malo que entraba en las iglesias bajo palio, privilegio reservado exclusivamente a la Sagrada Forma. Precisamente la suya, su forma, no tenía nada de divina. Eso sí, guardaba a la perfección los cánones exigidos a los barriles pequeñitos.

Este señor, lo digo para los jóvenes que no han tenido ocasión de estudiar en los libros de texto sus proezas y para los rufianes que lo comparan con personajes actuales, mandó a España a la cola de los países modernos, tan a la cola, que no era nada moderno.

Lo llenó de caspa en cantidad tan abrumadora, que aún podemos observarla sobre los hombros de muchos individuos que la siguen luciendo orgullosos, sin que nadie les recomiende un buen champú ni les diga nada. Más bien, todo lo contrario, parece que tengan gracia: existe una fundación de lo más activa que lleva su nombre; el Valle de los Caídos se mantiene en pie para peregrinación de ultras, quedan calles que lo recuerdan, y en el Pazo de Meirás se explica a los visitantes que su antiguo morador era un salvador de la Patria. Nadie, ningún partido ni ningún político, ha puesto en su sitio a este terrorífico personaje que con el fin de perpetuarse en el poder una vez conquistado, alargó innecesariamente una guerra que pudo haberse librado en pocos meses. Una guerra cuanto más larga, más muertos produce, más dolor, mayor sufrimiento y más fácil le resulta luego al vencedor  gobernar sin que nadie le discuta, aclamado solo por sus seguidores,  en un régimen de terror

En ningún libro de texto se cuenta lo que hizo, los métodos que utilizó para hacerlo, y cómo consiguió anular todo intento de oposición. No se habla de la represión que hubo en todos los terrenos ni de la DGS ni de su afinidad con el enemigo número uno de Europa, Adolf Hitler.

En Alemania está prohibida la exhibición de símbolos nacis, nadie se puede tatuar una cruz gamada en su musculado biceps y mientras tanto aquí, Antonio González Pacheco, uno de los sádicos policías del dictador, apodado Billy el Niño, sigue campante sin muestras de arrepentimiento por haber sido un torturador y lo que es peor, sin que nade, la Justicia, le haga pagar por ello.



Ahora, lo que se cuenta, es otra historia.




martes, 7 de noviembre de 2017

Entrevista a Óscar






Esta mañana me he levantado con ganas de hacer una entrevista. Ignoro qué parte de mi cerebro está lesionada para tener ese impulso repentino, pero le voy a dar satisfacción.

No será la de hoy la única entrevista que haga; he decidido llevar mi afición a la Tertulia Perezosa. Cosas peores se han visto por aquí.

De momento, voy a empezar mis primeras entrevistas con personajes de ficción. Luego, ya veremos.

ENTREVISTA A ÓSCAR

Hace un año salió a la venta mi novela El viaje del neandertal, aunque he de decir que muy pocas personas se enteraron, de hecho creo que no se enteró nadie. Se la dediqué a mi amigo César Mallorquí, y según me consta por su reacción cuando se la regalé, también se percató de su existencia. Al menos ya había dos personas que sabían de ella.

Hoy, en el aniversario de su publicación, voy a entrevistar a Óscar, uno de sus principales protagonistas. Es periodista free lance, friki de la ciencia ficción y como la mayoría de las personas inteligentes, coleccionista de todo tipo de curiosidades.

Acudo a la hora convenida al aparcamiento del Parque de Atracciones de Madrid, donde me ha citado para la entrevista, lo que me hace sospechar que no debe de tener muy ordenado su apartamento. No me cuesta demasiado trabajo distinguir a lo lejos su destartalada furgoneta, la Robustiana. Supongo que es la única que existe en el mundo con ese color. Llevo conmigo un pequeño paquete envuelto en papel de aluminio que le entregaré al final de nuestra conversación. Seguro que adivina de qué se trata, pero es un regalo pensado a última hora y no se me ha ocurrido otro mejor, de modo que tendrá que conformarse.

Me recibe con una franca sonrisa en la puerta de la Robus y me hace pasar a su interior con un gesto grandilocuente. Más que a una furgoneta, da la sensación de que me da entrada al Palacio de Dueñas.
    -Espero que no te moleste demasiado el olor –se disculpa-. Hace poco ha estado aquí Near, y por lo que he podido comprobar no ha cambiado sus hábitos higiénicos de hace cincuenta mil años.
Near es el neandertal que estuvo a punto de cargarse a una vaca de un garrotazo, de no haber sido por la intervención de Jorge y él mismo.
    -Lo sé –digo arrugando la nariz-. No te voy a preguntar nada sobre él ni sobre el resto de los personajes de El viaje del neandertal. Hoy el único protagonista eres tú.
Óscar eleva una ceja con superioridad al tiempo que ensancha sus hombros, ya de por sí bastante anchos.
    -También era yo el gran protagonista indiscutido de El viaje del neandertal. Si no fuera por mí nadie habría terminado de leer esa novela, puedes estar seguro.
Lo miro perplejo por su inmodestia y cuando estoy a punto de protestar, estalla en una sonora carcajada al tiempo que me da una palmada en la rodilla.
    -Era una broma, hombre –dice como un niño travieso-. Por cierto, ¿sabes cuántos ejemplares se han vendido?
    -No creo que pase de la media docena.
    -Mmmm, jamás pensé que llegara a tantos.
    -¡Era broma! –digo fingiendo que me río-. En realidad aún no tengo noticias, espero que pronto se ponga la editorial en contacto conmigo para preguntarme a qué paraíso fiscal me envían las ganancias.
Mi broma es recibida con la frialdad que se merece, y el incómodo silencio que se produce es roto por el crujir del par de folios que saco del bolsillo de mi chupa.
    -¿Cuántas preguntas vas a hacerme? –me pregunta señalando horrorizado las hojas de papel.
    -No te preocupes, esto es por si te limitas a responder con monosílabos, no quiero que dure más de cinco minutos pero tampoco menos.
    -Ah.
Me mira con su cara de chico que se las sabe todas retándome a que empiece.
    -Tú eres un personaje de ficción –suelto a bocajarro-. ¿Resulta sencillo vivir sabiendo que antes de que hagas o digas cualquier cosa, hay alguien que ha decidido que precisamente hagas o digas eso?
    -Eres muy mal escritor si realmente crees que eso es lo que les pasa a tus personajes.
Lo miro pensativo y prefiero salir del terreno en el que me he metido. Observo un brillo de triunfo en su mirada que me gusta menos aún que su sonrisilla de suficiencia.
    -Muchas personas que han leído El viaje del Neandertal, dicen que les recuerdas bastante a un personaje real, de carne y hueso. ¿Te molesta la comparación?
    -En absoluto –contesta tajante-. Comprendería que se sintiera molesto Jorge, que también dicen eso de él, pero yo estoy encantado.
Naturalmente Jorge es otro de los personajes de El viaje del neandertal, el amigo inseparable de Óscar.
    -Eres un borde, lo sabes, ¿no?
    -Naturalmente que lo sé.
Rebusco en mis papeles alguna pregunta que le pueda resultar incómoda pero se me adelanta y es él quién me hace una pregunta a mí. No me gusta el cariz que está tomando la entrevista.
    -La mayor parte de las personas que conozco piensan que Jorge es un tipo bastante más interesante que tú –me dice-. Supongo que te enorgullecerá verte superado por uno de tus personajes, ¿no? Sobre todo teniendo en cuenta las similitudes que muchas personas le encuentran contigo.
     -No entiendo lo que dices –respondo con incomodidad.
     -Ya.
Su sonrisilla me sigue molestando. Que yo recuerde, en mi novela no se mostraba tan irritante, las cosas como son. Decido acabar la entrevista cuanto antes.
    -Y bien, mi última pregunta: ¿qué haces cuando te duele la cabeza?
     -¿Que qué hago? –me responde un tanto sorprendido- A mí nunca me duele la cabeza.
    -¿Estás seguro?
Con lentitud doblo los dos folios, los guardo cuidadosamente en el bolsillo de mi chupa, me estiro los calcetines, me acomodo en mi asiento y mientras tanto observo como Óscar entorna los ojos, frunce el ceño, se lleva las manos a las sienes y con un gesto de dolor trata de decirme algo. Supongo que me está pidiendo unas aspirinas o algo más fuerte contra el dolor de cabeza. Lo siento por él, pero la verdad es que no llevo encima ningún analgésico, lo único que tengo es mi paquete envuelto en papel de aluminio. Se lo dejo encima del asiento del copiloto según me bajo de la Robus.
    -Aquí te dejo un bocadillo de chorizo –le digo aún con la puerta abierta-. Es para Near, por si lo ves, me he acordado de lo mucho que le gustan. En El viaje del neandertal, prometerle un bocadillo de chorizo era la única forma de hacer que entrara en razón.

Luego cierro la puerta procurando no dar un portazo pues sé lo mucho que molestan cuando eres presa de la jaqueca.




     Si alguien quiere saber cómo es realmente Oscar, incluso su amigo Jorge, solo tiene que pinchar en la portada del libro.













  



martes, 31 de octubre de 2017

La chica de la curva






Soy de las pocas personas que no están al tanto de todos los detalles sobre Halloween. Lo digo porque cuando llega el mes de octubre a sus últimos días, florecen expertos en explicar su historia, etimología, país de origen, porcentaje de ciudadanos que se disfrazan, número de calabazas que se agujerean... cada vez es más complicado revelar un aspecto desconocido de Halloween. He de reconocer que nunca me he sentido atrapado por esta fiesta, quizá porque me ha pillado a una edad en que ya no me hace ilusión que mis vecinos me regalen caramelos, ni siquiera, tirarles yo un huevo crudo, aunque he de reconocer que esto último tiene muchas posibilidades de que aún lo acabe haciendo. Tampoco tengo hijos en los que delegar el divertimento, de modo que cuando llega el Día de todos los santos, pues a mí, ni fu ni fa. Lo único que sé, es lo que ya sabía desde que se llamaba así, el Día de todos los santos y ponían Juan Tenorio en la tele, y es que los muertos andan por medio. Tengo que reconocer que ese aspecto lo convierte en una fiesta interesante y por eso me he animado a escribir algo relacionado con Halloween; exactamente una historia, una historia real.




LA CHICA DE LA CURVA

En otoño suelo hacer un viaje en compañía de un grupo de amigos para inflarnos a comer los mismos platos de siempre pero con setas, autoengañados y autoconvencidos de que el motivo real del viaje es contemplar la belleza terminal de los campos en esta época del año. Ciertamente, cada año debemos retrasar más nuestro periplo porque cada vez los campos otoñean más tarde por culpa del cambio climático. Pues bien, resulta que este año hemos pensado que no tiene sentido hacer nuestro acostumbrado viaje otoñal dado que ni hay otoño, ni hay setas. Para ver los almendros en flor, mejor nos vamos en primavera, dijimos. Así que todo parecía pintar que nos quedaríamos cada uno en su casita, pero, lo que son las cosas, me acabo de comprar una moto y es fácil entender que arda en deseos de probarla. Se trata de una estupenda máquina diseñada para ir a más de doscientos kilómetros por hora con la seguridad que proporciona la tecnología más avanzada, y por tanto cara, del momento. Mi sueño de hace mucho tiempo, por fin está en mi garaje. Naturalmente las ganas de subir en sus 160 caballos me apremiaban desde que la saqué del concesionario y qué mejor momento que el famoso viaje otoñal, aunque fuera yo solo. Pensado y hecho: el otro día salí hacia la Sierra de Urbasa dispuesto a llevarme una gran decepción por no ver los tonos ocres que deberían estar presentes, pero dichoso de sacar el mayor partido a mi recién adquirida montura. Y aquí viene lo bueno. Me pilló el cambio de hora a traición, siempre me pilla a traición, y se me hizo de noche antes de llegar al pequeño hotel con encanto donde había reservado, de modo que tuve que conducir sin el aliciente de ver el paisaje. Bastante tenia con ver la línea central de la carretera, pues he de decir que en cuanto a velocidad punta nada tengo que reprochar a mi nueva moto, pero de iluminación, resulta a todas luces insuficiente. Para agravar la situación, la carretera era totalmente desconocida, flanqueada por dos líneas de árboles extrañamente altos, y llena de curvas. Las curvas son el mejor regalo que puede recibir alguien que está probando su nueva moto, lo sabemos, pero solo en el caso de que sea capaz de verlas. Y yo, del todo, no las acababa de ver, de modo que circulaba a escasa velocidad, al menos comparada con la que yo acostumbro a llevar. Gracias a esta precaución no atropellé a una chica que estaba en mitad de la carretera a la entrada de una curva amplia y bien peraltada, de las que da gusto tomar inclinando la moto hasta el límite. Supuse que era una chica porque llevaba una especie de camisón largo, hasta los tobillos, pero tenía la cara oculta por una capucha. Y no, no iba vestida de blanco, sino de negro. Tan negro, que si la vi, fue gracias al brillo que refulgía en una extraña herramienta que la sobrepasaba en altura. Di un frenazo que demostró el excelente funcionamiento del sistema ABS  y me detuve a su lado.
    -¿Qué narices haces aquí? –pregunté de muy mal humor parando el motor para que me oyera bien- ¿Te crees la chica de la curva?
La chica apenas se movió, simplemente giro la capucha hacia mí y juraría que vislumbré dos puntos rojos en su interior. Me respondió con una voz que sonaba a alguien quitando la pintura de un coche con una rasqueta.
    -¿Qué chica de la curva?
    -Olvídalo. Mejor será que te vayas a tu casa, y no olvides que debes caminar por el lado izquierdo de la carretera.
Puse de nuevo la moto en marcha dispuesto a marcharme, pues tampoco quería llegar demasiado tarde a mi pequeño hotel con encanto, pero no pude. Una mano blanca salió del manto y sujeto la mía. A pesar de llevar unos estupendos guantes con refuerzos de kevlar en el dorso, supe que la mano estaba fría y era dura. Por un momento pensé en meter primera y marcharme a toda velocidad pero algo indescriptible me obligó a quedarme allí.  Sin saber por qué me quité el casco y volví a detener el motor. Por una extraña intuición supe que nadie pasaría por esa carretera.
La mano que sujetaba la mía, se desasió con suavidad. Escuché, antes de que hablara, el sonido del aire pasando por lo que me imaginaba una traquea en pésimo estado. Esa chica debía de fumar muchísimo.
Su aliento me llegó sin temperatura con olor a hongos en descomposición.
    -¿Te has mirado últimamente tu nivel de colesterol? –me dijo de forma autoritaria.
    -No, la verdad –respondí tan desconcertado como cohibido-. Tenía que haber ido la semana pasada a hacerme los análisis pero me dio cosa porque supongo que estará por las nubes.
La capucha se movió de arriba abajo, afirmando lo que acababa de escuchar.
    -Y claro, del electrocardiograma, ni caso, ¿verdad?
Recordé que el médico me dijo cuando fui a verlo antes del verano que vigilara el colesterol y que tuviera mucho cuidado pues en la exploración que me hizo del corazón había observado que tenía arritmias.
Bajé la mirada un tanto avergonzado por no haber hecho, efectivamente, ni caso a lo que me dijo el médico.
    -Ya, pero de pimplar, de eso no nos hemos olvidado, ¿verdad? –continuó taxativa-. Al vino sí que le hacemos caso, ¿a que sí? Por no hablar de la falta de ejercicio y las morcillas, que te encantan.
    -Hombre.....
    -Ni hombre ni hombra. Pero vamos a ver, ¿y ahora qué hago yo contigo?
Yo seguía cabizbajo, sin atreverme a mirar a la cara a la chica de la curva, para empezar porque no estaba seguro de que tuviera algo que pudiera llamarse cara.
    -Es qué yo... -balbuceé.
    -Es que yo, es que yo... ay, señor.
La chica de la curva, apoyó en el quitamiedos de la carretera la guadaña que seguía refulgiendo, y después sacó una libreta de notas de alguna parte del manto negro, al tiempo que en su otra mano apareció un bolígrafo de los que tienen un botoncito arriba. Lo accionó con determinación varias veces de forma rutinaria, y después de varios “cliks”, empezó a escribir con rapidez en la primera hoja.
    -Me vas a tomar unas estatinas para el colesterol, veinte miligramos en el desayuno todos los días. Y estas pastillas para el corazón, una en la comida y otra antes de acostarte; no quiero sustos. Si notas un dolor agudo en el costado izquierdo, inmediatamente te tragas esta otra pastilla de aquí. Y ya sabes, tienes que hacer ejercicio. Quién mueve las piernas mueve el corazón, que decía mi abuela.
Con un gesto enérgico arrancó la hoja del block, me la tendió y resolutivamente volvió a coger la guadaña dispuesta a marcharse. Yo tomé la nota escrita con la típica letra de médico que solo los farmacéuticos entienden, me la guardé en la cremallera de la chupa y observé cómo se daba media vuelta y enfilaba hacia la línea de árboles de la cuneta.
Aún seguía hablando sin volver la cabeza antes de internarse definitivamente en el bosque:
    -¡Ah, y me gusta que conduzcas así, despacito! Ni te imaginas el trabajo que me da el exceso de velocidad. Si es que hay cada loco por ahí...

Yo acerté a decir un improcedente “gracias, buenas noches”, que no creo que llegara a escuchar, puse el motor en marcha, me ajusté bien el casco y seguí hacia mi pequeño hotel con encanto. Ya probaría mi moto al día siguiente con la luz del sol.




sábado, 21 de octubre de 2017

Yo, atónito






Jamás pude imaginar que las ansias separatistas, producto de un egoísmo nacionalista evidente, llegaran al extremo que estamos viendo. Yo, atónito.

Estoy atónito por todo, desde el principio hasta hoy mismo, pasando por el simulacro de referéndum.

En un principio porque donde no había ningún problema irresoluble, Puigdemont lo creó. Cierto que el gobierno del PP también colaboró en aumentar la lista de los independentistas, mucho antes de que Puigdemont sustituyera a Mas cuando se vio obligado a dimitir, pero esa es otra cuestión.
No nos engañemos, el motivo para reclamar la independencia no era porque el pueblo catalán estuviera viviendo una situación de injusticia, con un gobierno central opresor que les prohibía mantener su cultura (qué sentimiento de la propiedad sobre la cultura tan deleznable), o hablar su lengua, no, no era por eso sencillamente porque eso no es cierto; más bien al contrario: Cataluña es una de las regiones de Europa con mayor autonomía y libertad, y en cuanto a la lengua, si quieres trabajar allí más te vale que aprendas catalán porque si no, no tendrás la plaza de lo que sea. El motivo de reclamar esa independencia es precisamente por todo lo contrario, porque no quieren aportar la parte que les corresponde de los beneficios de ser una región rica. Todo lo que obtienen de ser la Comunidad que más se beneficia del comercio interior se lo quieren quedar íntegro. No olvidemos que su principal cliente son las regiones a las que niega su solidaridad. Les parece excesivo contribuir con la parte que les corresponde y al grito de “España nos roba” empezó su amor por la secesión (la falsedad de los famosos 16.000 millones ya ha quedado demostrada, con lo cual no voy a invertir tiempo en volver a argumentarlo aquí). Digamos entonces que se trata de una revolución de pijos. Y eso no está bien, porque las revoluciones, tal como estamos acostumbrados, las tienen que iniciar pueblos oprimidos, no los que más tienen, y deben partir de situaciones de injusticia que todos veamos evidentes, y no por un atroz egoísmo con los que compran tus productos y mandan a sus hijos a que trabajen allí porque en su tierra natal tienen menos oportunidades. El mismo Puigdemont debe de saber ésto, pues es nieto y bisnieto de jiennenses y almerienses.
Por cierto, cómo me alegro de que en Madrid, ciudad de aluvión, no existan las palabras charnego (xarnego, en la lengua catalana) ni maqueto.

Estoy atónito por la forma en que continuó la gracia, y cada vez que escucho a un independentista hablar de los métodos antidemocráticos del gobierno me acuerdo de los días 6 y 7 de septiembre. Creo que ningún independentista que habla de métodos antidemocráticos lo recuerda. Lo comprendo.

Estoy atónito porque se han tomado en serio el resultado de una votación ridícula y pantochera sin nada que la aproxime a una votación seria y cabal, de las que se estilan en los países democráticos.

Y finalmente estoy atónito por su reacción a la propuesta de aplicar el artículo 155 de nuestra constitución, cuando desde el principio sabían perfectamente que iba a suceder así. Esta aplicación cuenta con el respaldo de los partidos mayoritarios del País y su apoyo no es un apoyo al PP, como tratan de traducir los separatistas, sino un apoyo a la legalidad, un apoyo a la Ley y un apoyo a la democracia. Como tiene que ser.

Pero sobre todo estoy atónito porque se diga que esto es una reacción tardo franquista.


Qué pena, qué grandísima lástima. En fin, ya vendrán tiempos peores que me harán olvidar el día de hoy.