martes, 24 de mayo de 2016

La tabla de Prim en la feria del libro



Ya está la Feria del Libro del Retiro y me consta que hay mucha gente que no puede pasar un año sin visitarla. Pues a todos los que les ocurra tal fenómeno, lo cual me parece estupendo, les recuerdo que yo estaré el lunes día 30 de 7  a 9 de la noche papando moscas en la caseta Nº 330, de modo que cualquier visita se agradece un montón.

Además, visitar a los enfermos y lo que es muy parecido, a los  escritores  que se aburren en ferias del libro, es una bienaventuranza que, por un lado, contribuye a hacernos mejores personas, y por otro, garantiza el acceso al cielo.

Pues eso, caseta 330 lunes 30 de 19 a 21, por si tenéis a bien.

Por cierto, ya se puede comprar La tabla de Prim por Internet, el enlace está en la portada del libro que veis arriba a la derecha.


viernes, 13 de mayo de 2016

Kintsugi




Yo siempre había pensado que cuando hay un problema en una pareja, un problema realmente importante, algo se rompe irremediablemente y por mucho que uno se empeñe en arreglarlo poniendo la mejor voluntad, la herida quedará siempre presente. Dentro de ese convencimiento negativo, y llevado por mi mente simbólica o quizá buscando la metáfora, me imaginaba la relación como un bonito jarrón, que a causa de un conflicto se rompe: luego puedes pegar los trozos y el jarrón vuelve a estar encima de la repisa, pero siempre notarás las partes pegadas y procurarás que no se vean las cicatrices girando el jarrón para ocultarlas. Eso en caso de que no tires el jarrón directamente a la basura, que es lo que suele ocurrir con mayor frecuencia. Naturalmente esto no solo es aplicable en una relación de pareja, también vale para los problemas que puedas tener con un amigo, un hermano, tu tía… lo que sea.

Pues bien, siempre había pensado eso pero ya no, ahora tengo una forma de ver las cosas diferente. Lo anterior me parece catastrofista y destructivo. Es una visión terrible, extremadamente negativa. Da por supuesto la irremediabilidad del fracaso y su permanencia continua hasta que nos muramos. Siempre nos acompañará aquella decepción como un lastre permanente y como recordatorio de un problema que tuvimos en su momento y que no debemos olvidar jamás. ¿No es demasiado tenebroso?

Y lo que son las cosas, esta nueva forma de contemplar los conflictos sin ser tan drásticos, mucho más positiva, también tiene su representación simbólica dentro del mundo de la cerámica, lo que me deja mucho más tranquilo. Los japoneses, maestros en hacer jarrones, se ve que hacen muchos por lo que es inevitable que de vez en cuando se les caiga alguno al suelo y se rompa. Si el jarrón es muy valioso, lo que hacen es repararlo y lo reparan de tal manera que la nueva pieza adquiere un valor aún mayor. Esto sí es una verdadera metáfora. Unen los trozos con una pasta de oro tratando de que sean muy evidentes las uniones, pues cuantas más tengan, mayor será el valor del jarrón restaurado. ¿No es precioso?


Esta técnica japonesa se llama kintsugi, y es toda una filosofía de vida que podemos aplicar cualquiera de nosotros, ¿o no?

Pues eso. Por cierto, he buscado en Internet para comprar una pieza reparada con esta técnica y la más barata está en los trescientos euros; vamos, que es verdad que aumenta el valor del jarrón que se hace añicos.







lunes, 9 de mayo de 2016

Dedos



Cada dedo en su lugar, posado a escasos milímetros. Cada dedo inmóvil, a la espera de la más ligera señal para actuar. Cada dedo está crispado, tenso, llevan mucho tiempo sin moverse, semanas, meses…, demasiado tiempo inactivos. La culpa no es de ellos, sino de quién les tiene que dar la orden de ponerse en marcha y en qué orden han de hacerlo. Sin capitán los soldados esperan, pero el capitán está ausente y lo está sin haberse marchado a ningún sitio.
Si en lugar de dedos fueran eso, soldados, ahora estaría uno encendiendo un cigarrillo, otro entonando una melodía triste con su armónica, alguno releyendo una carta manoseada y manchada de barro, otros jugando a las cartas… la espera antes de la batalla es la más cruel de soportar y sin embargo se combate de la misma forma que cualquier otra espera.
El cansancio hace estragos y aunque los dedos humanos carecen de músculos, tienen ligamentos que también se agotan. Un ligero temblor delata que esos dedos están llegando a su límite.

Debajo, muy próximo, está el teclado del ordenador impasible, pues nada le afecta, si acaso una ligera capa de polvo que lo cubre desde que esos dedos dejaron de aporrearlo.
     -Bueno, ¿qué pasa?¿Es qué nunca te va visitar la maldita musa? –grita enfurecido el anular izquierdo mirando hacia arriba. El meñique a su lado asiente con convicción.
    -¿Y yo qué quieres que haga, maldita sea? –contesta visiblemente enfadado alguien que pretende escribir un cuento-. No me llega, la inspiración no me llega. Más lo siento yo, no te fastidia.
Entonces los dedos abandonan su postura marcial, se alejan del teclado, y con sumo cuidado rodean amorosamente una pluma estilográfica que ha llegado de algún lugar del parnaso.
Por fin ha aparecido la musa, pero algo se ha roto para siempre entre los dedos y el teclado.