jueves, 22 de junio de 2017

Y cuernos 3, o profesionalizarse es renunciar a la juerga









Con esta entrega terminamos la serie poner los cuernos a una profesión, que así empezó, o cómo pasar de aficionado a profesional, que así va a terminar.

Cualquiera que ame su profesión dirá que sí, que la ama muchísimo pero que se lo pasa mejor de vacaciones. Incluso los profesionales más conspicuos, aquellos que viéndolos hablar sobre lo que hacen transmiten la sensación de que preferirían perder un brazo antes de verse apartados de sus ocupaciones, admiten que se trata de trabajo. Trabajo, no entretenimiento.

Sobre Einstein, claro ejemplo de profesional que ha destacado abrumadoramente sobre el resto de sus colegas, se han escrito muchas anécdotas, algunas son exageraciones y otras reales y entre las reales hay una que me viene al pelo para explicar la evidencia de que la profesionalidad conduce a la renuncia del divertimento. Se trata de una entrevista que le hizo el poeta Paul Valéry. Por cierto, que el padre de la teoría de la relatividad sea entrevistado, no por un físico teórico sino por un poeta, me parece una idea maravillosa. Pues bien, el poeta, siguiendo sus propios esquemas, supongo, le preguntó si tenía un cuaderno para anotar las ideas que le venían a la cabeza, inspiraciones repentinas. Einstein puso cara de extrañeza e inmediatamente contestó: “¡ah, no, no necesito llevar un cuaderno conmigo, casi nunca me viene la inspiración”.

Está claro: la inspiración es para los aficionados; los profesionales se sientan a su mesa y trabajan. La inspiración te llega o no te llega y si no te llega no pasa nada, pues nada depende de que te llegue. En otras palabras: la inspiración es como la lotería, y como no puedes pretender que te toque todos los días, los profesionales jamás confiarían en su suerte para desarrollar su trabajo. Prefieren confiar en el esfuerzo.

¿A dónde conduce este hecho indiscutible? Cada cual sacará sus propias conclusiones y yo os voy a contar la mía: la actividad creativa es divertida, incluso muy divertida, mientras depende de la inspiración, pero si se convierte en trabajo, deja de serlo, al menos ya no lo es tanto.

En el caso de los escritores aficionados respecto a los que se profesionalizan, significa que los primeros escriben un relato, novela o drama porque se les ha ocurrido una idea que puede estar bien, y los segundos lo tienen que escribir aunque no se les haya ocurrido nada, de modo que lo primero que tienen que hacer es buscar esa idea que al aficionado le ha venido regalada del Olimpo. ¿Y cómo consigue el escritor profesional esa idea? Muy fácil: trabajando; se sienta a su mesa y trabaja y trabaja y no se levanta hasta que tiene algo de lo que tirar. Anda que no hay diferencia.

Este es el punto al que quería yo llegar y que doy por demostrado. Por cierto, hay otra versión sobre la entrevista que le hizo Paul Valéry a Einstein, que varía ligeramente. Según esta versión el poeta le preguntó: “maestro, cuando le viene una idea original a la cabeza, ¿la apunta en un cuaderno o en una hoja suelta?” a lo que Einstein dijo: “cuando me viene una idea original a la cabeza no la olvido”.

Está claro que esta segunda versión es inventada, pues no me imagino a ningún poeta haciendo una pregunta tan imbécil. Además, la primera apoya totalmente mi teoría, de modo que, sin ningún género de dudas, vamos a darla por buena.

En fin, ya todo el mundo sabrá distinguir a un escritor aficionado de otro profesional. Leyendo lo que ha escrito uno y otro es mucho más complicado, pues hay aficionados rematadamente buenos y profesionales rematadamente malos.













lunes, 19 de junio de 2017

Cuernos 2, o diferencias entre afición y profesión.






Hay personas que se ganan la vida haciendo lo que más les gusta, dicen. No estoy de acuerdo aunque me lo dijera un actor porno. Yo más bien creo que hay personas que se ganan la vida haciendo cosas que se parecen muchísimo a lo que más les gusta. Pero no tiene nada que ver. Cualquiera de estos afortunados mortales que supuestamente disfrutan una barbaridad trabajando, puede explicar la gran diferencia que existe entre hacer algo por afición, a tener que hacerlo porque en eso consiste su trabajo. Por ejemplo, conozco pilotos que parte del dinero que ganan volando aviones lo emplean en alquilar aviones para volarlos en sus días libres. ¿Es lo mismo volar pagando dinero que cobrando? Para nada. ¿Cuál es la diferencia? Muy fácil: desde el momento en que hay alguien que está poniendo oro en la palma de tu mano para que hagas algo, se establece una clara relación de posesión que elimina el encanto de hacerlo porque eso es lo que más te gusta. ¿Y qué es exactamente lo que posee el pagador? Pues lo más valioso que tenemos: el tiempo. Puede haber otras exigencias, pero todas de escasa importancia frente al plazo en que tenemos que hacer aquello por lo que nos pagan. Cuando el duque de Milán, Dominico Sforza, encargó a Leonardo da Vinci que pintara La última cena, no tenía ni la menor idea del sufrimiento por el que iba a pasar el artista para tenerlo acabado en el tiempo exigido. Al final, ya con amenazas del duque, fueron tres años lo que tardó Leonardo. No hay que decir que al principio se lo tomó con bastante, quizá excesiva, calma.

El que paga, marca un horario, un plazo, una fecha para hacer el encargo. Desde ese momento, la afición se convierte en trabajo. Por ejemplo, yo escribo estos artiblogs porque me gusta escribir (afición). Nadie me paga un duro por hacerlo, ni siquiera Google AdSense por permitirles poner sus estúpidos anuncios en terreno tan sagrado (creo que acabaré por denunciarlos). ¿Los escribiría con el mismo ánimo si tuviera que hacer uno semanal porque he firmado un contrato con alguna publicación? Ya digo yo que no, que ni de coña, los escribiría muchísimo más contento, sería feliz sin ninguna duda, hasta… hasta que al cabo de tres semanas o cuatro me diera cuenta repentinamente del compromiso que he adquirido, de que tengo que entregar un artiblog el viernes, que estamos a jueves y que no se me ha ocurrido una maldita palabra. En ese momento seré consciente de que mi trabajo consiste en escribir artiblogs y empezaré a odiarlos.

Cualquier actividad creativa, supuestamente, se realiza por propia satisfacción. Cierto, así se empieza, y si solo fuera por eso, tendríamos que admitir que en el caso de ser actividades creativas remuneradas, efectivamente tendríamos a gente ganando dinero haciendo lo que más les gusta. Pero demostraré que esto no es así.


Lo demostraré dentro de dos o tres días, de momento me voy a jugar al tenis. Pagando, ¿eh?









viernes, 16 de junio de 2017

Cuernos 1, cambiar de profesión







Cualquier cambio supone una infidelidad a algo. Por ejemplo, si cambias la natación por el tenis, estás siendo infiel a un deporte que te ha dado unos hombros estupendos por otro que te dejará asimétrico. O por poner un ejemplo más personal, yo estuve once años de mi vida estudiando ingeniería aeronáutica para luego a la primera de cambio, poner los cuernos a mi carrera y largarme con la primera profesión que se cruzó en mi camino y me hizo ojitos. Solo porque era mucho más divertida y tenía más dinero. Me encandiló su juventud y su pasta, y he de decir que no me arrepiento en absoluto, he pasado unos años estupendos a su lado y siempre le he sido fiel.

La mayor parte del tiempo que duró nuestro romance estuve en agencias multinacionales y estupendas, hasta que debido a otra infidelidad, me monté por mi cuenta junto a mi socio Jaime Gamboa. En esta ocasión los cuernos me los pusieron a mí. La agencia en la que estaba se largó con un grupo de comunicación muy rico y poderoso, y me dejó plantado con dos palmos de narices (nos dejó a todos, y no solo en España sino world wide). Es mejor para los dos, me dijo, hemos sido muy felices juntos pero yo quiero realizarme por mi cuenta, y para ti también será enriquecedor, ya lo verás. Pues vale, pensé, pero como yo te he querido nadie te querrá, aunque luego, en muy poco tiempo descubrí que tenía razón: estaba mucho mejor sin ella, me sentía libre, hacía lo que me daba la gana y me iba con cualquier  cliente que se me pusiera a tiro. Fue una época loca, no me importaban los excesos ni el qué dirán y nos lo pasábamos en grande…, pero últimamente ya nada es igual.

Claramente mi profesión me está engañando con otros; ya no me llama ni cuenta conmigo para nada y hace mucho que no lo hacemos. No ha habido ninguna bronca ni malos rollos, sencillamente se ha cansado de mí, quizá porque antes me he cansado yo de ella, y lo ha debido de notar. Una ruptura silenciosa, sorda e indolora.

Ahora estoy tratando de rehacer mi vida sin ella. He encontrado otra profesión que me hará olvidarme de la que tenía, aunque he de decir que hasta ahora no hemos llegado a nada serio. Que conste que yo me esfuerzo en complacerla, quizá no todo lo que debía, lo admito, pero el caso es que lo máximo a lo que he llegado es a rozarle un poco una teta. Está claro que no todas las profesiones son iguales y las hay que se resisten como gato panza arriba.
A ver cómo se me da este verano, de momento ya he terminado mi sexta novela, Dos veces muerto y tengo empezada otra, La maldición de un dios cabrón. Si con esto no pillo, no sé yo.



                   Mis cinco novelas y Premios literarios



Por cierto, los más observadores habrán notado que el título es Cuernos 1, lo que induce a pensar que habrá, al menos, un cuernos 2. Efectivamente, bien pensado. Atentos entonces, porque esto no acaba aquí.










miércoles, 7 de junio de 2017

V Centenario del Cardenal Cisneros






Francisco[1] Jiménez de Cisneros nació en la muy noble villa de Torrelaguna en 1436 y murió hace exactamente 500 años. Durante los 81 años que estuvo vivo le dio tiempo a ser confesor y consejero de la reina Isabel la Católica, Arzobispo de Toledo, Primado de España, Canciller Mayor de Castilla, tercer inquisidor general de Castilla, y por supuesto Cardenal. También gobernó la Corona de Castilla en dos ocasiones, la primera tras la muerte de Felipe el Hermoso esperando a que llegara el padre de la viuda, Fernando el Católico, y la segunda vez cuando murió Fernando el Católico esperando a que llegara el nieto, Carlos V. Es lo que tiene ser el regente, vamos, el presidente del consejo de regencia, para ser exactos.

En su segunda regencia, que duró casi dos años, demostró ser un tipo bastante bien dotado para la cosa de mandar, organizar y en una palabra, reinar. Sus habilidades indiscutidas para gobernar sirvieron para mantener la paz en unos momentos en que los nobles castellanos andaban soliviantados con muchas ganas de recuperar el poder. También controló las intrigas que había para evitar que viniera  Carlos V y que en su lugar ocupara el trono su hermano. Y todo esto lo consiguió con 80 años, de modo que no son simplemente ganas de agradar decir que fue un excelente gobernante.

Pero sin hacer de menos a su labor política, quiero destacar su aportación a la cultura de este país, España, que empezó a conocerse con ese nombre, justo con el reinado de los Reyes Católicos, siendo el cardenal ya buen mozo. Cisneros reformó la vida religiosa y quizá entonces se dio cuenta de que la renovación siempre empieza por la educación, y si también quería reformar el nuevo estado, por lógica también tenía que hacer algo en ese sentido.   Así, en 1499 fundó en Alcalá de Henares la Universidad Cisneriana, que todo el mundo conoce y que sin duda es un hito dentro de la cultura española. La Universidad de Alcalá fue la primera universidad renacentista, humanista y universal. Llevó a los mejores profesores, se ocupó en organizar las labores pedagógicas y dotó al centro de una estupenda biblioteca con un elevadísimo porcentaje de libros sobre ciencias naturales, no solo teología, humanidades  y latines que tanto se llevaban en aquellos momentos. 

Si todos los que han pasado por el poder desde entonces, hubieran tenido las mismas inquietudes culturales y por la formación  de sus paisanos, este país sería mil veces mejor en todos los sentidos, o en casi todos. El Cardenal Cisneros también tiene su lado oscuro que no hay que dejar pasar por alto, quizá porque era un rehén de su tiempo, por tratar de justificarlo. Fue extremadamente duro e intransigente con la población morisca, lo que causó la rebelión de las Alpujarras duramente reprimida y que dio lugar al decreto de los Reyes Católicos de 1502 según el cual los musulmanes de Castilla eran obligados a la conversión, y si no lo hacían tenían que abandonar el territorio. Dicho así no parece excesivamente terrible, pero lo fue. También ordenó la quema de 4.000 coranes, supongo que no encontrarían más, y otros manuscritos musulmanes en una plaza de Granada. La idea era reducir a cenizas la cultura musulmana. En fin, que cuando se ponía en plan inquisidor, el Cardenal perdía toda su gracia.

Todo esto es para decir que el sábado que viene, yo estaré en Torrelaguna firmando libros invitado por la Biblioteca Juan de Mena en unos actos que el Ayuntamiento organiza para la celebración del V centenario de la muerte del Cardenal Cisneros.
Por si alguien tiene pensado ir, yo estaré de 17:00 a 18:30. Luego me volveré a Madrid, quizá con una ligera insolación. 
A los que se acerquen, les recomiendo que más tarde se pasen a tomar un vino en El Alfolí de la Sal, un estupendo lugar ubicado en un antiguo almacén de sal (como su nombre, aunque no lo parezca, indica) del S XIV. O un chorizo estupendo en Casa Patata… en fin, que además de libros, en Torrelaguna hay otros atractivos para pasar un sábado.
De la colegiata, situada en la plaza donde estará la Feria del Libro, ni hablo porque lo que diga es poco. Eso hay que verlo.




[1] Realmente se llamaba Gonzalo, pero lo cambió por Francisco cuando a consecuencia de una lacerante crisis de fe ingresó en la orden de los franciscanos (Francisco de Asís, ya sabéis).




























domingo, 4 de junio de 2017

¡Alegría, alegría, alegria!







Siempre me ha llamado la atención la pasión que desata el fútbol, y lo digo porque siento verdadera curiosidad, no pretendo ofender a ninguno de esos hinchas que de forma exagerada viven los resultados de sus equipos hasta el extremo de acabar en un hospital. Por supuesto también hay aficionados que no participan del mismo estado de trance en el que entran esas hinchadas enfervorecidas, y cuando gana su equipo lo celebran sin saltar sobre el sillón repetidamente o causar algún otro tipo de destrozo irreparable (sabemos que esto no es exageración y que más de un sillón ha terminado en el punto limpio a consecuencia de un “golazo”).

Después de observar lo que ocurre antes, mientras y después de un partido importante, he llegado a una conclusión. No ha sido fácil pues intervenían muchos factores; he tenido que consultar tratados de antropología, teorías sobre comportamientos de masa y releído mi libro de Burrhus Frederic Skinner sobre el conductismo. Pues bien, mi conclusión es que todo es mentira. Sí, se trata de una farsa, no es una alegría sincera. Los hinchas esos que salen en la tele abrazados unos a otros como si se hubiera acabado una guerra, sin apenas poder hablar de la emoción tan honda que sienten, están fingiendo. Nadie, absolutamente nadie que no se encuentre afectado por algún tipo de trastorno, puede sentir una alegría tan inmensa que les obligue a salir a la calle a desparramar hasta las nueve de la mañana, por el hecho de que un partido de fútbol lo gane una gente a la que ni siquiera conoce. No me cabe en la cabeza. Si acaso hubieran jugado el partido ellos, aún podría llegar a entenderlo, pero solo por la pasta que eso les iba a traer.

Ayer, departiendo con mi gran amigo César, que de forma comedida felicitaba a los ganadores por obtener su duodécima copa, yo le dije en plan de broma que existían datos de que la mayor parte de los madridistas, aún habiéndose llevado una gran alegría por el triunfo, hubieran preferido pasar la tarde follando. César mantenía sus dudas lo cual me hizo profundizar en mi pensamiento surgido como broma. Lo mismo tiene razón y todos esos hinchas ponen por encima del sexo, y por tanto de cualquier otra cosa, que gane su equipo. A mí me resulta difícil creerlo, quizá porque me pongo en la misma tesitura con un deporte del que yo sea seguidor. A ver, ¿qué preferiría yo, que ganara Nadal o lo otro? Para mí no existe ninguna duda, aunque no me quiero imaginar qué ocurriría si a los hinchas fútbol les pasara lo mismo. Tal como son, ¿saldrían a encaramarse a La Cibeles cada vez que echaran un polvo?

En cualquier caso, felicidades al Real Madrid por su triunfo y que sigan proporcionando alegría entre sus seguidores.


                                                                   Así estaba La Cibeles ayer.















sábado, 3 de junio de 2017

Muchas gracias







UN AÑO MÁS, MUCHAS GRACIAS A TODOS.

Gracias por acordaros de que ayer estaba en la Feria del Libro firmando ejemplares a todo el que se dejaba. Espero que el año que viene se repita la experiencia, estáis avisados.


UN ABRAZO A TODOS LOS VISITANTES DE LA FERIA DEL LIBRO DEL RETIRO DE MADRID. 
CADA AÑO QUE PASA CRECE SU ÉXITO Y ESA ES LA MEJOR NOTICIA QUE PODEMOS ESCUCHAR ÚLTIMAMENTE.